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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿DE QUÉ COLOR ES EL BRILLO DEL LADO OSCURO DEL SUR?

Aquel genio que ofició de historiador y se inventó los "Annales" nos enseñó para siempre que la historia es algo más que una suma de acontecimientos. En el lenguaje silenciado de las voces que no podemos escuchar se esconde el misterio de la época. Sólo comprendimos que el Mediterráneo era algo más que un accidente geográfico cuando Ferdinand Braudel nos mostró el despliegue de una civilización cuyos contornos se extendían por las aguas azules de este mar interior.
 
La historia es también un juego de asociaciones, de estereotipos acuñados en los que se sedimenta la experiencia colectiva. La historiografía se nutre de estos imaginarios. Identificamos el Sur como una abstracción utópica que evoca un mundo arcádico de felicidad y dulzura, de gozo y placer, de mares azules y cielos soleados, de interminables playas arenosas embutidas en la ligera bruma de un cálido despertar.
 
Sin embargo, aunque permanece enmascarada tras una superficie enteramente iluminada, en ese evocador horizonte se cobija una experiencia distinta que se nutre de lo que podríamos denominar la "dimensión subterránea de la existencia", esa amalgama multiforme de prácticas, ritos, ideas y costumbres que conocemos como cultura y que configuran la singularidad idiosincrásica de un territorio y de un pueblo. Lo que hay de verdad en esa fórmula simplificada con la que identificamos colectivamente el carácter es el poso milenario con el que se forja la historia, ese depósito identitario de pertenencia a un pueblo o a una nación.
 
Hay otro fulgor que resplandece cuando se oculta el brillante terroso de los olivares, cuando la sombra se cierne sobre el espumoso oleaje de las playas de ensueño y cuando el blanco calado de aquellos pueblos deja paso al silencio de sus calles y a la penitencia de sus habitantes. Es un brillo de una densidad distinta. Allí ya no está la Andalucía paradisíaca, una tierra de folklore, fiesta y diversión, la encarnación de ese espíritu dionisíaco que convierte la existencia en un placer sin fin.
 
Repentinamente, se cae el telón. Y descubrimos la mueca engañosa que envuelve aquella permanente sonrisa. Más allá de las peculiaridades que la antropología denominaría "locales", hay un rasgo singular que homogeneiza e identifica lo que podríamos denominar el carácter o la cultura regional, en la medida en que una entidad de esa naturaleza goce de alguna pertinencia intelectual. Es la posición del individuo en el mundo que se configura como acreedor de la existencia, un derecho preestablecido que es la justa compensación por el sufrimiento de quienes se autoconstituyen como víctimas de un letárgico destino cruel e inmerecido.
 
Sin duda alguna, estas cuestiones merecerían un estudio riguroso. Tengo alguna intuición al respecto que apunta al fracaso de una historia compartida, de una modernización frustrada que lastró durante más de un siglo  el desarrollo económico y político del país entero. Las consecuencias fueron desastrosas para todos. Pero en algunas regiones, como en Andalucía, las resistencias al cambio fueron especialmente intensas. La aristocracia terrateniente impuso su hegemonía política y económica y alumbró un universo cultural dominado por las ancestrales tradiciones que aseguraban la continuidad sin alteraciones del orden social establecido. En esa estructura semifeudalizada se incrustaron los escasos elementos que el transcurso del tiempo demandaba inevitablemente, pero eran piezas deformadas en un museo de antigüedades. El sistema garantizaba el cumplimiento de la máxima de Lampedusa: que todo cambie para que todo siga igual.
 
Y lamentablemente así ha sido. Esa visión del mundo que aspira a ganar el cielo mirando hacia arriba, que confía en la provisión divina más que en el esfuerzo propio extiende como una mancha de aceite una especie de victimismo genético de modo que, quienes participan de esa comunión colectiva, como desheredados del destino, merecen por derecho propio una compensación, se convierten en acreedores de un saldo que algún otro tiene que pagar. Es un ideario colectivo fácil de compartir. La culpa es de otro. Nosotros sólo somos las víctimas.
 
Incluso, en el mundo global de la era digital se observa este curioso fenómeno. Las élites políticas de Andalucía siguen considerándose depositarias de un privilegio ontológico que les confiere un derecho natural para representar a los excluidos, los marginados y los desheredados de la tierra. Hay un canal privilegiado con el ornamento y la simbología de la pobreza y la exclusión aunque quienes lo usufructúan hace mucho que hayan abandonado toda pretensión en tal sentido. Es la cultura secularizada de la misericordia. Hay un cierto mesianismo en ese clima social que aleja Andalucía de la realidad y mantiene un permanente desplazamiento del centro de gravedad de la vida política y social.  El mismo discurso y las mismas élites políticas que han gobernado la Comunidad durante los últimos cuarenta años constituyen la mejor prueba de todo ello.
 
Ese victimismo irredento que mira siempre al otro como culpable no queda confinado a las fronteras del territorio. Impregna también todo contacto con el exterior. Nadie tiene mayor legitimidad para hablar en nombre de los desheredados que aquellos que han convertido este concepto en un modo de estar en el mundo. Lo demás son imitaciones impostadas. Cuando de solidaridad se trata el Sur alza su voz. Han cargado esa palabra con dinamita, convirtiéndolo en un vocablo gastado y de significado muy ambivalente. Ahora  también conocemos el lado perverso de la solidaridad y su aspecto demoníaco. No hay un diseño para la eternidad. La realidad brilla también con un color oscuro en el Sur.
 
 
 
 


Martes, 27 de Septiembre 2016

¿Qué puede haber de perjudicial o de negativo en el cuidado del cuerpo y de la salud, en la devoción por la comida saludable y los alimentos ecológicos, en esa obsesión por el running que ha convertido en fanáticos del ejercicio a tantos habitantes de nuestras ciudades o en la constante monitorización del funcionamiento de nuestro cuerpo?. A primera vista esta incansable búsqueda del bienestar no sólo resulta recomendable, sino que se ha erigido en una especie de icono existencial difundido sin tregua través de los múltiples formatos en los que los medios de comunicación vehículan y modelan-simultáneamente-, la opinión pública.
 
  No es necesario insistir. Desde el marketing publicitario que por la mañana nos vende un dentífrico, por la tarde un automóvil y por la noche un perfume, hasta las recomendaciones pseudocientíficas de los nuevos gurús de la felicidad-el coach que nos propone ese elixir vital que ahora se llama personal training-, la constante es la misma: el cuidado individual del cuerpo y el bienestar físico es la fuente de toda felicidad.

Y sin embargo en ese resplandeciente universo de sonrisas y satisfacción algo se agita bajo la superficie. Quizá sólo alcancemos a oír su eco, un creciente rumor que nos susurra que, en alguna parte y en algún momento algo no va bien. Es la misma inquietante sospecha que nos hace fruncir el ceño en señal de recelo, cuando percibimos un exagerado exceso de armonía o de perfección. Olfateamos el aroma de un secreto bajo el reluciente velo de la complacencia.

La obsesión posmoderna por el bienestar físico y la felicidad individual no es ideológicamente neutra, porque en una sociedad escindida las pautas culturales y los patrones de conducta, esto es el modo en que comemos, vestimos, cuidamos de nuestro cuerpo y nos preocupamos de la salud o acuñamos los estándares de belleza y felicidad, nutren y configuran el universo simbólico ideológicamente dominante. Asistimos al despliegue hiperbólico de lo individual. El nuestro es un tiempo de preeminencia del sujeto, constituido en su más pura subjetividad como un yo autónomo y soberano responsable exclusivo de los avatares de su vida y de su propia felicidad.

La primera consecuencia de todo ello es la depotenciación de las condiciones objetivas de la existencia. Aquel viejo ideal de la "vida feliz" que alumbró la civilización ática, la Eudemonia aristotélica, reposaba sobre una inescindible aleación entre el individuo y su entorno de tal manera que una vida plena sólo era posible si se armonizaba con las condiciones vitales de los ciudadanos atenienses. Hoy, toda esta retórica no es más que una inservible antigualla que no merece conservarse ni siquiera como reliquia.

La felicidad, cuyo termómetro es el estado físico del cuerpo, es un asunto estrictamente individual al margen por completo de las condiciones materiales de vida. Aquí sólo cuenta la voluntad. Es feliz, quien tiene el firme propósito de recorrer el largo y costoso camino que conduce al bienestar físico: quienes cuidan obsesivamente su salud, aquellos que siguen una dieta para mantenerse en forma, practican ejercicio diariamente, se mantienen saludables, se ajustan a los estándares de belleza dominantes, no consumen tabaco ni ingieren calorías.

De acuerdo, no tengo nada contra esto. Pero la pregunta es: ¿Qué pasa con el resto, que son la mayoría, y que por alguna razón no alcanzan a cumplir tan exigentes requerimientos?. Esta es la otra cara del síndrome del bienestar, la cara B, la moneda oculta de un intercambio secreto. La demonización de los diferentes, percibidos como una amenaza para la homogeneidad del orden social es la inevitable secuela de la nueva hegemonía del bienestar.

Aquí hacen su aparición esos nuevos parias sociales que viven de las subvenciones estatales: las Welfare Queens en los EE.UU. o sus parientes británicos las Chavette , esas mujeres, madres solteras con muchos hijos, mal vestidas, poco higiénicas con un manifiesto sobrepeso que son vituperadas en los medios de comunicación como depredadores de subvenciones e impuestos. El contrapunto icónico del modelo imperante de bienestar y felicidad.

Por supuesto la puesta en escena es importante. Los portavoces del síndrome no descuidan el escenario. Su aparición viene precedida de los mejores anfitriones. El cuidado físico del cuerpo y la ideología del bienestar y de la felicidad que proclama no es un antojo caprichoso de un grupo de visionarios. Estamos hablando de algo mucho más serio. Sus pretensiones están avaladas por la ciencia. Toda esta terapéutica viene acompañada de un inextricable mejunje de neurociencia cognitiva, psicología conductista, filosofías orientales, yoga y disciplinas físicas varias.

Se trata de un cóctel en el que ya no se sabe qué es cada cosa. Pero no importa. Lo fundamental es el marchamo de ciencia con el que presentan la etiqueta sus adeptos. Y esa es la terrible cara C de todo el tinglado: la pauperización de la ciencia y la banalización del conocimiento científico. ¿Cuál es la respuesta a todo esto?. Naturalmente, no la tengo, pero quizá no resulte una sorpresa desagradable descubrir que los seres humanos también tenemos un lado vulnerable, que nuestros logros deben ser necesariamente limitados, que la belleza también está impregnada de dolor y que el amor en muchas ocasiones nos hace derramar lágrimas. Y no hay nada malo en ello, nos puede lastimar pero también nos fortalece.



Jueves, 15 de Septiembre 2016