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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




LA ALARGADA SOMBRA DE KARL MARX

Karl Marx fue un gigante intelectual, una de esas figuras prominentes de la historia sobre cuyos hombros, por emplear la expresión de Newton, las generaciones venideras se alzaron para divisar el horizonte. Fue también un revolucionario comprometido con los ideales democráticos de su época. Un filósofo anclado en la tradición idealista del pensamiento alemán, un discípulo de Hegel que aterrizó en la economía política planeando sobre las alas del Espíritu Absoluto de su mentor. Pero fue principalmente y sobre todo, un hombre de su tiempo, del siglo XIX.
 
Esta es la convulsa y polifacética figura que emerge de la magnífica y documentada biografía que Gareth Stedman, un acreditado historiador británico, ha publicado sobre la vida y la obra de Karl Marx. Su subtítulo-Greatness and Illusion -es muy ilustrativo porque sintetiza con extraordinaria precisión los dos polos de atracción sobre los que gravita la seductora magia de la obra y la figura de Marx: su singular habilidad y su combativa dialéctica que le granjearon el respeto y admiración de sus contemporáneos y la solidez de sus planteamientos intelectuales, junto con la aguda penetración en el armazón íntimo de la sociedad de su tiempo unido a una promesa  apodíctica de un paraíso terrenal.
 
No estoy interesado en discutir ahora el contenido de verdad del marxismo ni la solidez de sus argumentos. El juicio de la experiencia histórica resulta aquí, como en tantas otras ocasiones, sumarísimo e inapelable. Es el legado de esa tradición, y un legado singular , el espejo que refracta las luces y sombras de un pensamiento que tanto ha contribuido a forjar nuestra visión del mundo.
 
Los inicios de Marx en el periodismo crítico nos proporcionan un agudo catalizador de sus extraordinarias dotes no sólo para observar la realidad sino para detectar con la sensibilidad de un sismógrafo las dinámicas de cambio y transición de los procesos sociales y las fuerzas subterráneas que impactan en los puntos de ebullición del tejido social. Hay algo aquí de ese irresistible patetismo metafísico de la obscuridad tan alemán que tiñe el análisis social del lenguaje jeroglífico de la filosofía idealista. Resuena el eco lejano de la “jerga hegeliana” que tan agudamente detectara la crítica de Popper.
 
Fue más tarde, cuando entró en contacto con la tradición de la economía política inglesa cuando se reveló el singular talento de Marx para convertir aquella divisa periodística del “análisis concreto de la realidad concreta” en un método de interpretación de la historia en clave materialista que despojaría para siempre a los hechos de su inocencia y contribuiría a proporcionarnos una extraordinaria radiografía de la sociedad de su tiempo. Ahí radicaba su extraordinario talento. En el preciso diagnóstico de la sociedad capitalista que emergió de los albores de la revolución industrial, Marx no tuvo parangón. Inauguró una tradición intelectual que ha enriquecido el pensamiento durante más de un siglo, tanto como ha contribuido a fosilizar la crítica de sus experiencias más inquietantes.
 
Por eso la biografía de Gareth Stedman resulta tan certera y apasionante. Porque el Marx que emerge de las páginas del libro es ante todo una figura histórica, cuya vida y obra se desenvuelve en la constelación de acontecimientos, intereses y circunstancias del tiempo que le tocó vivir. Importa resaltar esta dimensión del personaje porque así nos evitaremos formular esa clase de preguntas estúpidas con las que la ignorancia distingue a sus elegidos, ese tiro en la recámara que sólo usan para apuntalar su estulticia. He oído muchas veces esa voz trémula y condescendiente de quienes, ignorándolo todo al respecto, se refieren sumariamente a la obra de Darwin, Freud, Einstein o Marx con un lacónico “está superado”. La ignorancia es difícilmente corregible pero cuando a ello se une la estupidez, la ecuación es verdaderamente imbatible.
 
Y pese a ello, no debemos abdicar de esa dimensión histórica que, sin restar un ápice de grandeza a la obra de los grandes creadores, nos advierte de la naturaleza transitoria y perenne de todo lo existente. No es la obra de Marx la que está superada. Es el mundo en el que Marx vivió el que ha desaparecido del escenario. Su obra y el método sobre el que se fundamentaba engrosan hoy el patrimonio intelectual de la humanidad, pero el mundo del siglo XXI tiene poco que ver con el capitalismo de 1870. Por eso carece de pertinencia preguntarse por la vigencia del análisis marxista. Se trata, sencillamente, de una pregunta mal formulada. La crítica de Marx es la crítica del capitalismo del siglo XIX, no de la sociedad que ha emergido en el mundo postcapitalista de la revolución digital del siglo XXI.
 
Quienes hemos alumbrado al mundo del conocimiento intelectual de la mano del materialismo histórico bien podemos estar a cubierto de la sospecha de falta de simpatía hacia la figura y la obra de Karl Marx. Pero la exigencia de honestidad intelectual y un principio que debe prevalecer por encima de cualquier consideración, -incluso ética y moral-,el irrestricto respeto a la ciencia y al conocimiento demandan hoy una nueva visión del mundo que se ajuste a los parámetros de la revolución tecnológica, de la automatización y digitalización de la producción, de la desaparición de la estructura clásica de las clases sociales, del retorno al individuo y la primacía de la sociedad civil, de la superación de los atávicos antagonismos entre lo público y lo privado.
 
Es un mundo sin las utopías mesiánicas y los sueños románticos del Manifiesto porque la ciencia ha iluminado el camino del progreso. Lo que queda atrás es sólo la nostalgia de lo que pudo ser y no fue. Es el mundo esclerotizado y envejecido de los que han perdido el tren de la historia y han quedado apartados en un vagón fuera de la vía. Son aquellos que se reivindican herederos de una tradición que ya no tiene quien la escuche. Oímos aquellos estertores como el declive de una inevitable decadencia. Les gustaría vivir en un mundo que ya no existe.
 
Mientras escribo estas líneas escucho los compases de esa marcha fúnebre. Los medios de comunicación se hacen eco del acta de defunción del Partido Socialista. Sin saberlo, acaban de certificar su desaparición. Su mundo no es de este tiempo. Incapaces de ofrecer cualquier alternativa se suman a lo existente. Y lo hacen apelando a su sentido de la responsabilidad. Irónicamente es cierto, pero se trata de una responsabilidad distinta. Es esa responsabilidad biológica que demanda un cambio generacional: hacerse a un lado para dejar paso a lo nuevo.


Lunes, 24 de Octubre 2016