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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




UN INCÓMODO SECRETO DE FAMILIA

La mecánica cuántica es, sin duda alguna, la teoría de más éxito en la historia de la ciencia. Sus postulados han sido sometidos a prueba mediante  múltiples experimentos en miles de ocasiones y  todos y cada uno de ellos han corroborado con asombrosa exactitud las predicciones teóricas. Sus aplicaciones prácticas, desde el láser hasta los ordenadores, configuran el mundo que conocemos: más de un cuarenta por ciento de la economía mundial está hoy relacionada, en una u otra medida, con los fundamentos teóricos de la física de partículas.
 
Y sin embargo, pese a este éxito indiscutido, en el corazón mismo de la teoría anida desde su origen un antiguo enigma al que los científicos denominan apropiadamente “el problema de la medida” o dicho en términos más coloquiales, es el misterio que emerge del encuentro de la física con la conciencia. Adviértase, que no se discuten los resultados experimentales de la física cuántica. Lo que está en juego y genera un intenso debate es la implicación de esos resultados más allá de la física.
 
En 1935, Erwin Schrödinger un físico alemán que años antes había descubierto la formulación matemática de la ecuación de la función de onda, en virtud de la cual un objeto en movimiento es sólo un paquete de ondas que viaja, ideó un experimento para ilustrar la naturaleza antiintuitiva y contradictoria de la mecánica cuántica. La teoría cuántica nos dice que un átomo se encuentra en un estado de superposición que abarca una multiplicidad de posiciones, hasta el momento en que mediante la observación se produce el colapso de la ondulatoriedad y hallamos el átomo en un estado de posición definida.
 
El experimento mental de Schrödinger consistió en configurar una caja metálica a la que se le había adosado un contador Geiger que se dispara si registra la entrada de un átomo. Al dispararse, el contador acciona una palanca que destapa un frasco de cianuro de hidrógeno. En el interior de la caja hay un gato, que morirá si el venenoso cianuro sale del frasco. ¿Qué veremos si miramos dentro de la caja para ver si el gato está vivo o muerto?. De acuerdo con la teoría cuántica, antes de que observemos el interior de la caja  el gato se encuentra en un estado de superposición, es decir vivo y muerto por igual. Es nuestra observación, la que provoca el colapso de la función de onda y determina una historia congruente con la realidad observada.
 
Naturalmente esta es una situación por completo absurda que, de hecho, no ocurre en la realidad. Esto es precisamente lo que quería ilustrar Schrödinger. Pero es también una situación congruente con los postulados de la física cuántica; la observación, de alguna manera, crea el acontecimiento al colapsar la función de onda. El acto de observación define un horizonte congruente de sucesos hacia el futuro y elabora un relato del pasado que se ajusta a ese acontecer.
 
La interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica patrocinada por Niels Bohr sostiene que el experimento de Schrödinger adolece de un defecto intrínseco en su planteamiento porque en la vida real los objetos macroscópicos, como la caja metálica, el contador Geiger o el propio gato no pueden permanecer inobservados en un estado de superposición porque siempre estan en contacto y entrelazados con el resto del mundo y este entrelazamiento equivale a una observación.
 
Y sin embargo el problema subsiste. Se han demostrado superposiciones macroscópicas genuinas con miles de millones de electrones implicados, donde cada electrón se desplaza simultáneamente en dos direcciones. Todo ello evidencia que nuestra observación no sólo crea una realidad presente, sino que también crea un pasado congruente con esa realidad.
 
El mismo fenómeno del denominado “entrelazamiento cuántico” desafía nuestra concepción estándar del tiempo y de la velocidad . De acuerdo con la relatividad general hoy sabemos que no hay ningún objeto o particula que pueda viajar a una velocidad superior a la de la luz. Y sin embargo en cientos de experimentos, algunos de ellos realizados muy recientemente a kilómetros de distancia, dos partículas inicialmente entrelazadas han observado instantáneamente el mismo y recíproco comportamiento, sin influencia material entre ellas. De manera que es perfectamente posible predecir el comportamiento de un fotón denominado Alfa mediante la observación de su par denominado Omega sin que haya ninguna corriente de energía o vínculo entre ambos. Y ello aunque se encuentren  a distancias de cientos o miles de kilómetros. De alguna manera, que aún no conocemos, cuando se observa una de las partículas originalmente entrelazadas se conoce el estado de su par, como si una acción a distancia-Einstein la denominaba “acción fantasmal” se produjera entre ambas.
 
Ante estos hechos la ciencia se limita a constatar su existencia, sin extraer conclusiones más allá de la física. La respuesta clásica es que, simplemente, la física cuántica funciona. Y conforme a la interpretación mayoritaria de la mecánica cuántica se aplica tan sólo al mundo microscópico, porque aunque no hay ningún obstáculo teórico para que también la física de partículas se extienda a los objetos grandes, lo cierto es que no resulta necesario porque allí, en ese ámbito, la física clásica, newtoniana y predecible, nos proporciona todo lo que necesitamos saber.
 
Hay un hecho irrefutable: la física cuántica funciona y hasta donde sabemos contiene un extraordinario grado de aproximación a la verdad. Entonces ¿por qué no podemos ver un objeto simultáneamente en dos cajas o un gato en el estado de superposición?. Lo cierto es que nunca vemos los extraños estados correspondientes a cosas que están simultáneamente en varias posiciones. Algunos científicos aventuran una respuesta. Posiblemente la razón por la que sólo observamos estados caracterizados por posiciones únicas es que somos seres que sólo podemos experimentar la posición y el tiempo, y la velocidad es posición en dos momentos diferentes. La respuesta se halla en la evolución: parece que los seres humanos estamos construidos así. Pero el misterio continúa.
 
 
 
 
 
 


Lunes, 28 de Noviembre 2016

FRANCIA Y SU "GRANDEUR"

Al viajero que recorre cualquiera de las regiones de Francia, ya sea la áspera y rugosa Bretaña, el soleado y acogedor Mediodía con sus fértiles y productivas tierras de cultivo, los interminables "bocages” junto a los acantilados de Normandía, la densa y poblada Ille de France o la resplandeciente luminosidad del Mediterráneo en la Provenza y la Côte Azur le sorprenderá, en agudo contraste con la diversidad geográfica, la monotonía de un patrón uniforme que se repite en cada una de las plazas y calles de las ciudades de Francia, en los bordillos de las aceras y en las cunetas de las carreteras, en las estaciones de ferrocarril y en los nudos de comunicaciones, en todos y cada uno de aquellos lugares en los que el ser más íntimo de la patria eterna se opuso al  invasor foráneo. Y el recuerdo nostálgico de aquella hazaña se ha cincelado a  golpe de martillo y metal en cada uno de los rincones de Francia.
 
La "Resistencia" es algo más, y yo añadiría algo distinto, de un episodio que jalona la reciente historia de la nación francesa. Es el mito fundacional que vértebra la organización política de la Francia moderna, de la IV y V República. Como en todas las narraciones míticas su origen se ha desprendido de su verdad histórica. Lo que importa en el relato no es la fidelidad a los hechos sino el contenido semántico de la narración, la transferencia de sentido que incorpora.
 
El acontecimiento fundacional rezuma el aroma legendario de las grandes epopeyas. En una Francia humillada y derrotada, aquel 18 de junio de 1940 con las unidades de la Wehrmacht desfilando por las calles de París, resonaba en las ondas de la BBC la voz enérgica e inquebrantable del General de Gaulle llamando a proseguir la lucha frente al invasor: "hemos perdido una batalla, pero no hemos perdido la guerra".
 
No era verdad. Francia había perdido su independencia como Estado y no recobraría su autonomía hasta cuatro años después y como consecuencia de la acción directa de los Anglonorteamericanos enfrentados al régimen colaboracionista y superviviente de Vichy. Tampoco era cierta la historia en retrospectiva que se forjó después de la liberación: la de un pueblo unido, en su inmensa mayoría y desde el primer momento, en la resistencia al opresor extranjero. Pero no importaba. La tarea de un mito no es ayudar a reconstruir la historia sino legitimarla confiriéndole un sentido.
 
La Francia de posguerra necesitaba con urgencia un relato verosímil que le permitiera reconstruir su identidad nacional y mantener su orgullo como nación. Charles de Gaulle, aquella esfinge embutida en un uniforme, despreciado por igual por británicos y norteamericanos, catalizó magistralmente aquel sentimiento, convirtiendo un desesperado llamamiento que apenas escucharon algunos centenares de franceses en el inicio de un movimiento de liberación nacional que sin fisuras alcanzó su apogeo el 26 de agosto de 1944 cuando, finalmente, París fue liberado.
 
Sin embargo, la historia discurrió por un cauce bien distinto. Robert Gildea, un eminente historiador británico, ha aclarado definitivamente el misterio en una obra concluyente. “Combatientes en la Sombra” es una narración objetiva, desapasionada y extraordinariamente documentada de la historia de la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Y desde luego, el relato que emerge de aquellas páginas dista mucho de la imagen mítica de la “liberación nacional” acuñada por el general de Gaulle.
 
La liberación de Francia fue obra de las tropas aliadas, no de los propios franceses. La inmensa mayoría de la población acogió el armisticio del 22 de junio de 1940 con evidente satisfacción porque ponía fin a una guerra en la que nunca habían querido combatir y soportó los largos años de la ocupación con una indiferente y a veces complaciente resignación, pugnando por sobrevivir en un ambiente de crecientes restricciones que imponía evidentes limitaciones en la vida cotidiana.
 
Si no hubo liberación nacional, mucho menos se produjo nada semejante a la insurrección popular patrocinada por la mística del Partido Comunista. Es cierto, que el primer militar alemán abatido en la Francia ocupada fue el comandante de una división alemana en Nantes a manos de un comando comunista, pero aquello ocurrió en fecha tan tardía como octubre de 1941, y no puede enmascarar el hecho indiscutido de que hasta el 22 de junio de 1941-el día de la invasión alemana de la Unión Soviética-el Partido Comunista francés observó una actitud sino de colaboración si al menos de pasiva complacencia ante la ocupación extranjera de su país.
 
Es cierto que una vez que la guerra se propagó al Este, el Partido Comunista francés organizó una resistencia activa a través de grupos como los Franc-Tireurs et Partisan o los diversos Maquis de las provincias que se dedicaron a hostigar al ejército de ocupación mediante la realización de todo tipo de actos de sabotaje; pero en todo caso aquello fue obra de una minoría sin que en ningún momento, ni siquiera después de la invasión aliada de Normandía, se extendiera a la mayor parte de la población francesa.
 
Además, como acredita muy pormenorizadamente la magnífica obra de Gildea la Resistencia distaba mucho de ser un fenómeno nacional francés. Una parte sustancial, incluso mayoritaria en algunas regiones, de los miembros de la resistencia eran extranjeros; judíos de toda Centroeuropa que huían de la persecución nazi, antifascistas que habían combatido en las brigadas internacionales, republicanos españoles exiliados, alemanes expatriados víctimas de la persecución en su propio país, incluso, miembros del ejército del armisticio decepcionados con el gobierno de Vichy.
 
El relato de la liberación nacional auspiciado por el general de Gaulle que a la postre resultó triunfante y se impuso sobre sus otras alternativas para consolidar el mito fundacional de la Resistencia, dista mucho de ser la historia homogénea y sin fisuras de un pueblo enardecido que se opuso a la invasión extranjera bajo el liderazgo unificado de un caudillo clarividente. En 1940 Charles de Gaulle era un general de división desconocido para la inmensa mayoría de los franceses. Winston Churchill le acogió en Londres con la esperanza de mantener viva la llama de un gobierno francés en el exilio que se opusiera a la ocupación nazi. Pero la relación nunca funcionó. De Gaulle era demasiado ególatra y orgulloso para someterse a la autoridad de los británicos y éstos por su parte, no estaban dispuestos a tolerar las abruptas salidas de tono de su menesteroso aliado.
 
La relación se complicó aún más a partir de diciembre de 1941, cuando los norteamericanos tomaron el timón de la guerra. A Roosevelt y a su secretario de Estado, Cordell Hull, de Gaulle le resultaba sumamente antipático, un personaje de opereta “extraordinariamente estirado y presuntuoso” sin otra cosa que aportar a la guerra que su desgarbada figura-el general “dos metros” le llamaban-y sus inagotables quejas producto de una susceptibilidad patriótica notablemente exagerada. De hecho y hasta el último momento los norteamericanos patrocinaron siempre la solución del general Giraud en Argel frente a la alternativa de la denominada Francia libre en Londres encabezada por de Gaulle. Al final éste consiguió imponer su alternativa, pero lo hizo después de interminables luchas intestinas casi por completo al margen de la población en la Francia ocupada. De Gaulle nunca lo olvidó. A partir de entonces destiló un proverbial antiamericanismo que le llevó incluso a minimizar la participación norteamericana en la liberación de Francia.
 
Naturalmente, el mito gaullista de la “Resistencia” se forjó por completo al margen de los hechos. Se construyó el relato legendario de la liberación nacional por un pueblo unido frente al invasor extranjero que desde el primer momento se opuso la ocupación de la “tierra sagrada de Francia”. Esa lucha culminó con la victoria y la liberación del dominio alemán por los propios franceses, simbolizada por la entrada en París de los tanques del general Leclerc. A todo el cuadro le faltaba una pátina de autenticidad: por una ironía del destino fueron los republicanos españoles los primeros en entrar en París al frente de las tropas de Leclerc.
 
El mito de la resistencia se topó después con el contrapunto de una historia muy real: la depuración. Un gigantesco proceso de exigencia de responsabilidades a aquellos que habían colaborado con el ocupante nazi que se prolongó hasta 1953, cuando la República acabó promulgando una amnistía y lo hizo en nombre de la…… “Resistencia”. Herbert Lottman lo ha relatado de una manera concluyente. No fueron sólo “unos cuantos malditos cobardes”; cientos de miles de franceses se vieron afectados de una u otra manera por haber colaborado con los nazis y muchos cientos de miles más se resignaron pacíficamente a sobrevivir como pudieron durante aquellos tiempos oscuros.
 
 
 


Martes, 8 de Noviembre 2016