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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




UNA DICTADURA INVISIBLE

  
 

 

Desde que en 1979 François Lyotard caracterizara la posmodernidad, en una obra destinada a convertirse en canónica, como una época que inaugura el fin de los grandes relatos, el mundo en el que vivimos ha experimentado una gran transformación. Pero sean cuales sean el alcance y la profundidad de esos cambios, dice mucho en favor de la aguda intuición de Lyotard el hecho de que al clásico y homogéneo universo del discurso ilustrado, anteriormente dominante, le hayan sucedido un conjunto de prácticas, lógicas y relatos fragmentarios, vehículados subjetivamente en torno a experiencias individuales y de corte decididamente relativista. 
  
En la actualidad parece haberse consolidado una cierta visión del mundo que cuestiona la objetividad del conocimiento negando pertinencia a cualquier concepto enfático de verdad que ha dejado de ser el ideal regulativo del pensamiento para convertirse en la expresión mediada por el interés del grupo, la raza, el género o el “sujeto cognoscente” de que se trate. Consecuencia inmediata de ello es que el canon científico de aproximación a la verdad que surgió con la Razón ilustrada se encuentra permanentemente amenazado por una especie de pluralidad epistémica que reclama insistentemente un estatus equivalente. 
  
La emergencia de esta novedosa “democracia de los saberes” se recubre del sólido blindaje que le proporciona el consabido arsenal ético de la posmodernidad: la legitimación de lo diferente por su mera existencia. Lo otro, lo distinto, lo fragmentario y lo particular reivindican un lugar en el trono del saber, un saber despojado ahora de toda jerarquía referencial; una especie de catarsis del pensamiento que ha de expiar la supuesta culpa colectiva de la Razón ilustrada. 
  
A lo que asistimos es a un debilitamiento epistemológico del conocimiento, un mundo en el que ningún saber puede pretender ser hegemónico más allá de su horizonte hermenéutico. Cualquier ideal regulativo que legitime el discurso se desvanece en el brumoso lenguaje del género, la raza o la clase. No creo exagerar si afirmo que, en muchas disciplinas, se ha extendido un manto de silencio que ahoga cualquier disidencia; es la sutil pero muy efectiva dictadura del pensamiento y del lenguaje políticamente correcto. 
  
En algunos ámbitos la discrepancia respecto de la ortodoxia oficial es un sacrilegio que no se perdona. Se llega a la estridencia de eclipsar todo pensamiento crítico sacrificándolo en el altar del consenso de la corrección política. Son los espacios sensibles, las “zonas militarizadas" por el consenso del pensamiento correcto. Describiré sólo algunas muestras. 
  
En su magnífica obra “La Tabla Rasa” Steven Pinker pone al descubierto la errónea concepción que hasta finales de los años noventa del siglo pasado dominaba en los departamentos de psicología y biología de las mejores universidades norteamericanas. La triple idea de que nacemos con una mente en blanco, que nuestra inteligencia es sólo el resultado de un proceso de acumulación cultural, que el ser humano viene al mundo con una predisposición natural para hacer el bien-“el mito del buen salvaje” o que nuestro cuerpo está gobernado por una entidad inmaterial a la que llamamos mente en cuyo interior se aloja algo parecido al alma-"el fantasma en la máquina”-, todo ello configura una visión del mundo que se ajusta a la ortodoxia del pensamiento correcto pero sencillamente no se puede conciliar con el concepto científico de la ontogenia y la filogenia de una actividad cerebral que surge gradualmente. 
  
Un idílico paraíso no determinista, en donde cada ser humano goza de la más irrestricta libertad para elegir el rumbo y el destino de su vida, en donde la conciencia divina inoculada en el alma individual de cada uno de nosotros nos señala el camino recto de la moral y la ética. Idílico pero radicalmente falso a tenor de los avances científicos que evidencian la intrínseca desigualdad de la naturaleza, el indudable y, en ocasiones, decisivo peso de la herencia genética y la crueldad de la lotería darwiniana en el destino de la vida. Hoy la ciencia ofrece respuestas inequívocas pero durante mucho tiempo el establishment académico dominado por la teoría de la tabla rasa impuso rigurosamente su dictadura del silencio. 
  
El género es el tema tabú por excelencia. Aquí, aún hoy, la más leve desviación del credo oficial-el falso igualitarismo biológico de origen-se sanciona con el ostracismo académico y la censura social. Steven Pinker se atrevió a desafiar la verdad oficial en una obra inaugural- “Como funciona la mente”-y después de él, miles de estudios han acreditado las significativas diferencias biológicas entre el hombre y la mujer que se traducen también en distintas habilidades cognitivas marcadas por el rasgo del género. Pero en este terreno cualquier científico está obligado a justificarse “ideológicamente” proclamando abiertamente su frontal oposición a cualquier discriminación por ese motivo. El propio Steven Pinker ha sido objeto de agrios ataques por esta causa. 
  
Cuando Michael Ghigleri un profesor de antropología discípulo de Jane Goodall, en un magistral análisis sobre los orígenes de la violencia masculina, se atrevió a sostener que la violación tiene poco que ver con el afán de dominación, la voluntad de poder o el deseo de humillar a la víctima, sino que sus orígenes han de buscarse en nuestros antepasados de la sabana africana, un comportamiento que heredamos de nuestros ancestros primates como una estrategia reproductiva estándar que se ha desarrollado durante millones de años-y pese a que nadie puede discutir que se trata de un delito repugnante-al profesor Ghigleri y a algunas de sus ayudantes femeninas se les calificó de "machistas”, “defensores de los violadores”, acusándoles de fomentar la violencia contra las mujeres, promover la discriminación de género y otras lindezas semejantes. Y esos insultos no provenían de una masa de ignorantes fundamentalistas, sino de medios académicos y supuestamente progresistas. 
  
Más recientemente, Nicholas Wade ha sido calificado de charlatán, racista y xenófobo. Su delito: atreverse a publicar una obra -“Una herencia incómoda”-, por lo demás extraordinariamente sugerente, en la que sostiene la hipótesis-sólo una hipótesis, sustentada por hechos-de que la evolución no se ha detenido con la aparición de la especie humana, sino que sigue su ritmo inexorable marcado por la diversificación de las diferentes razas que forman nuestra especie. Aunque Wade ha afirmado- y acreditado-en multitud de ocasiones que no sólo no es racista sino que se considera un firme defensor de la igualdad de derechos, no parece haber sido suficiente para frenar la indignada ofensiva del pensamiento políticamente correcto: una carta firmada por ciento cuarenta académicos le reprochan haber hecho un uso indebido de los avances en genética molecular. 
  
Podríamos continuar y extender nuestra muestra a otros ámbitos como la historia o la política. Pero sería un esfuerzo innecesario. Porque la dictadura de la corrección política no es un método susceptible de verificación empírica. Sus adeptos no están dispuestos a renunciar por muy falsas que se revelen sus afirmaciones o sus predicciones. Su idea directriz está conformada por un patrón ideológico, una idea mítica de la naturaleza humana anclada en el anhelo insatisfecho de una utopía siempre frustrada. Pero como en los cuentos de hadas la realidad es demasiado tozuda; los hechos no se modifican, lo único que cambia es nuestra imaginación. Me vienen a la memoria las palabras del gran biólogo evolucionista Stephen Jay Gould: “Estamos aquí sólo porque hace millones de años las aletas de unos peces se transformaron en las patas de los animales terrestres, porque la vida no se extinguió durante la última glaciación y porque nuestra especie, surgida en África hace cientos de miles de años, se las arregló para sobrevivir contra viento y marea. Anhelamos una explicación más elevada, pero simplemente no la hay.” 
  
 

  



Martes, 27 de Diciembre 2016

Y EN ESO SE FUE FIDEL

En noviembre de 1936 apareció publicado en París un demoledor relato de André Gide acerca del que estaba destinado a ser su viaje iniciático al paraíso socialista. “Regreso de la URSS” se convirtió de inmediato en un éxito de ventas y en un icono del desencanto, fundamentalmente, porque su autor, un reputado escritor y “compañero de viaje” en la jerga de la época, había osado describir sin pudor alguno la profunda decepción y el amargo rechazo que le había inspirado casi todo lo que había tenido ocasión de presenciar de aquel gigantesco experimento social.
 
Semejante conmoción resulta impensable en la era de Internet. La sociedad de la información nos ha transformado en cosmopolitas domésticos clausurando para siempre el perturbador asombro que envuelve la lógica de los descubrimientos. Pero lo que no ha podido eliminar es la naturaleza de la experiencia, el aquí y ahora, ese momento  irreproducible de la fusión de horizontes que integra un saber que no se registra en los libros.
 
Para el observador extranjero una visita a Cuba es lo más parecido a un viaje en el tiempo. La controvertida situación política y económica de la isla es harto conocida en el mundo entero pero la experiencia de una estancia en el país permite un registro diferente. Los relojes en la isla se detuvieron en aquella mítica fecha de enero de 1959 cuando un grupo de “barbudos y exaltados nacionalistas”, internacionalmente aclamados, hicieron su entrada triunfal en La Habana- el nuevo mesías en la que iba a ser la Jerusalén socialista-. Poco después se iniciaría aquella interminable “estrategia de hibernación” que ha congelado la sociedad cubana durante sesenta años. Hoy la vida en Cuba languidece marchitada presa de una narcolepsia colectiva.
 
Significativamente, todo lo que en la actualidad conserva el aroma de lo que un día fue civilizado, aunque sea en el recuerdo nostálgico de un anhelo frustrado, se remonta a un tiempo anterior a la revolución, erigida en el acontecimiento fundacional de una nueva Cuba anclada en un agujero en el tiempo. De repente Einstein se ha convertido en historiador. El día en el que el Che y Fidel proclamaron el triunfo de la revolución desde la terraza del antiguo hotel Hilton el tiempo se detuvo en toda la isla. Y no sólo en un sentido figurado. Los sesenta años transcurridos desde entonces no han sido más que la estela de una épica narrativa que remite permanentemente a esa retórica fundacional. Por eso no sorprende que en el mismo museo de la revolución, transformado en poco más que en un relicario destartalado, la historia registrada termine en enero de 1959.
 
Y sin embargo pese a todo, el tiempo ha transcurrido inexorablemente. El cronómetro de la historia ha arrojado a Cuba al basurero de las naciones fallidas. Cuba es hoy un país estigmatizado, gobernado por una élite extractiva al frente de un estado depredador que ha arrastrado a la sociedad cubana a un empobrecimiento del que tardará generaciones en recuperarse. Lamentablemente la esencia de la revolución cubana tiene nombre y apellidos: se llama pobreza, miseria y dependencia. No hay nada romántico ni evocador en esa decadencia. Basta un paseo de algunas horas por La Habana para disipar el espejismo de ese mantra revolucionario que envuelve una gigantesca farsa.
 
La retórica ontológica de la revolución ha construido un imaginario social de trinchera y resistencia que arrastra pesadamente el lenguaje inflacionario de la solidaridad junto a la permanente apelación a la soberanía nacional amenazada por el bloqueo imperialista. Pero lo cierto es que su capacidad de movilización está más que agotada porque se asienta sobre la lacerante realidad de una indigencia sin esperanza en la que prácticamente vive la totalidad del pueblo cubano.
 
Cuba ha sido desde 1959 un estado averiado, un enfermo asistido siempre por las generosas subvenciones de la Unión Soviética primero, del petróleo de Venezuela después y de la magnanimidad de la Unión Europea más tarde. En la actualidad ha desarrollado una singular modalidad autóctona de la que podríamos denominar “economía del pillaje”. En la sociedad cubana conviven hoy dos sistemas económicos paralelos regidos por los mismos principios: la obtención, captación y exacción de rentas. Lo verdaderamente asombroso es que ambos sistemas han sido fomentados, patrocinados y desarrollados por el gobierno.
 
En Cuba no hay un mercado negro como tal, es decir un flujo de bienes y servicios organizados al margen de la economía oficial . Y no lo hay porque paradójicamente es el propio gobierno quien se ha encargado de organizar y desarrollar una actividad económica paralela mediante la introducción de una dualidad monetaria. En Cuba hay dos monedas en circulación que aunque tienen la misma denominación desempeñan funciones económicas muy diferentes: el peso convertible denominado CUC y el tradicional peso cubano o CUP. En realidad el valor de ambas es idéntico: prácticamente nulo. El peso cubano en ninguna de sus modalidades resulta una moneda admitida a cotización en ningún mercado de divisas del mundo.
 
Pero la habilidad del gobierno consiste en haberse anticipado al surgimiento del inevitable mercado paralelo que aparece siempre cuando la moneda está sobrevalorada. Asombrosamente es el mismo gobierno cubano el que ha creado ese mercado mediante la introducción del denominado peso convertible; en la práctica una moneda a la que el gobierno ha fijado arbitrariamente un tipo de cambio equivalente al del euro y veinticinco veces superior al peso cubano no convertible a fin de acaparar divisas con las que poder satisfacer las costosas importaciones que debe pagar prácticamente al contado por su muy limitado acceso al mercado financiero internacional.
 
El gobierno obliga a los visitantes y turistas a pagar en pesos convertibles y a unos precios elevadísimos, mientras que a sus ciudadanos y empleados-prácticamente la totalidad de la población trabajadora- les abona los salarios en moneda nacional no convertible. El truco consiste en cobrar precios europeos por servicios africanos. Y el gobierno ha desarrollado una admirable habilidad en esa práctica manifiestamente extractiva. El resultado es algo muy parecido a un apartheid económico: El ciudadano cubano que cobra un salario mensual equivalente a unos treinta o treinta y cinco euros o pesos convertibles no puede jamás acceder a los bienes y servicios que están a disposición de los extranjeros y turistas que pagan en moneda convertible. En contrapartida el gobierno subvenciona  la alimentación mediante una cesta básica de alimentos de escasísima calidad a precios reducidos y proporciona una infravivienda a la población.
 
El efecto es similar al que produce un narcótico. Se ha generalizado la falta de motivación, la indolencia, la picaresca y la resignación. Se ha deteriorado y distorsionado el mercado de trabajo generándose lo que el propio régimen denomina "pirámide salarial invertida", de modo que un taxista o un conserje de hotel tiene un salario muy superior al de un ingeniero o un médico porque los primeros perciben rentas en pesos convertibles de los turistas y visitantes, mientras que los profesionales que trabajan para el gobierno reciben su contraprestación en pesos nacionales.
 
La presencia tentacular del Estado y la inagotable codicia del gobierno por acaparar rentas alcanza tintes inimaginables en cualquier sociedad moderna. Un inversor extranjero se encuentra obligado a contratar al profesional designado por el Estado y a abonar la prestación de sus servicios con una retribución de acuerdo con los estándares occidentales. Pero lo asombroso viene después. El ingeniero o el abogado que trabaja para el inversor extranjero sólo recibe un dos por ciento de la renta que genera. El resto va a parar a las arcas insaciables del gobierno. Y así podríamos seguir hasta el infinito.
 
Resulta evidente para cualquier observador que la situación se tornara insostenible en el corto plazo. Cual sea el camino que elija la sociedad cubana resulta ser una incógnita en este momento porque dependerá de múltiples factores y no es el menor de ellos la capacidad de la "nomenklatura" para oponerse a los cambios y resistir las demandas de sectores cada vez más numerosos de la sociedad cubana. Hay mucha incertidumbre respecto del futuro. Pero una cosa es segura: sea cual sea el modelo que surja después de la inevitable transición, tendrá que fundamentarse en alguna variante de la economía de mercado, porque el problema fundamental de Cuba-al contrario de lo que sostienen muchos críticos-no es la ausencia de libertades políticas y derechos fundamentales. El problema de Cuba se llama simplemente pobreza y miseria, un diagnóstico muy fácil y muy sencillo para el que sólo hay un remedio.
 
 
 
 
 
 


Lunes, 12 de Diciembre 2016