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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿ES RENTABLE EL MATRIMONIO?

Depende de quien conteste a la pregunta. Si usted se llama Juana García-Courel, la afortunada segunda esposa del conocido empresario Fernando Fernández Tapias entonces, muy probablemente, el matrimonio haya sido el negocio más rentable de su vida. Pero si usted es el señor Fernández Tapias ,también muy probablemente, no compartirá esa opinión.
Lo cierto es que, más allá de la anecdótica singularidad que evidencian historias como ésta, cuando contemplamos el matrimonio desde una perspectiva económica se nos ofrece una visión novedosa y que en muchas ocasiones, contribuye a esclarecer los comportamientos asociados a la institución matrimonial. El análisis económico nos proporciona algunas claves para entender el matrimonio como un mercado, cuyo funcionamiento se disciplina mediante mecanismos similares a los que operan en cualquier mercado de distribución de bienes y servicios.
Parece razonable admitir que dos personas tomarán la decisión de casarse si sus expectativas matrimoniales suponen un incremento de su bienestar personal en relación con la decisión de permanecer solteros. Naturalmente, el bienestar, en este contexto, comprende no sólo un determinado status económico, sino la satisfacción de un conjunto de intereses y necesidades emocionales y afectivas. Las expectativas de los futuros esposos se conforman por el conjunto de estímulos o incentivos que cada uno de ellos percibe respecto de su decisión y la valoración de los riesgos globales asociados al futuro matrimonio. El resultado de esa valoración define un balance que determinará la decisión a tomar. La tesis que sostengo afirma que, en la actualidad, los incentivos para contraer matrimonio han disminuido sensiblemente, mientras que los riesgos se han incrementado en proporciones geométricas, por lo que, en muchas ocasiones, el matrimonio no alcanza el umbral de rentabilidad para uno o para ambos cónyuges.
El mayor incentivo para casarse es la creación o fundación de una familia. Esa llamada biológica a la reproducción de la especie, sigue siendo la base del emparejamiento matrimonial. La procreación, el cuidado y educación de los hijos que comporta la creación de los sólidos lazos emocionales que vinculan a la familia, permanece como una constante en todas las encuestas de opinión de los futuros cónyuges. Otros factores influyen, sin duda, en la decisión de contraer matrimonio. El amor, la necesidad de compañía, la satisfacción sexual o la mejora del status económico, tienen también su relevancia, pero ha de asignárseles un grado menor en la escala de incentivos, por cuanto que la satisfacción de esos objetivos puede alcanzarse al margen del matrimonio, casi sin ninguna presión social adicional.
Es cierto, que también puede fundarse una familia sin necesidad de que los padres estén casados, pero en este caso, a diferencia de los anteriores, aunque cada vez con menos intensidad, todavía pueden percibirse con nitidez los símbolos clásicos de la presión social, religiosa y familiar.
Lo que está sucediendo en la actualidad es que la creación de una familia y el cuidado de los hijos ya no constituye el objetivo fundamental de muchos jóvenes, hombres y mujeres que empiezan a valorar la familia y los hijos como una carga que debe figurar en el pasivo de su vida y no como una expectativa de mejorar su bienestar. El modelo tradicional del hogar de nuestras madres se percibe hoy como un escenario frustrante, plagado de sacrificios y dificultades que coarta, cuando no mutila, el libre desarrollo de la personalidad individual. Una vida consagrada al cuidado de los valores familiares se sitúa en franca e irreconciliable contradicción con la ética hedonista que hoy prevalece en las sociedades democráticas.
Pero lo que ha cambiado esencialmente en el entorno del mercado del matrimonio es la valoración de los riesgos que conlleva la decisión de casarse. En primer lugar, ha disminuido muy notablemente la estabilidad del matrimonio. El permanente incremento del número de separaciones y divorcios evidencia que " el matrimonio para toda la vida" es cosa que pertenece al pasado.
Los futuros pretendientes son plenamente conscientes del elevado índice de siniestralidad del contrato que han decidido suscribir y eso opera como una restricción importante a la hora de tomar la decisión definitiva. Ello conlleva el inevitable incremento del tiempo del noviazgo o "tiempo de búsqueda", con el resultado de que en muchas ocasiones esa búsqueda se prolongará interminablemente... No es raro encontrar muchas parejas que admiten ir al altar o al juzgado con una expectativa temporal limitada o al menos incierta. El "hasta que dure" ha sustituido el "para toda la vida".
En segundo lugar y de manera fundamental, se han incrementado drásticamente los costes de la ruptura y además lo han hecho asimétricamente , de modo tal que los efectos asociados a la disolución del matrimonio se distribuyen de manera muy desigual entre los cónyuges. La regulación legal de la disolución del matrimonio y la práctica mayoritaria de nuestros tribunales, responde a un modelo paternalista que sitúa en el vértice del sistema un acentuado proteccionismo para quien se supone es la parte más débil de la relación-la mujer-, convertida en esposa victimizada; un modelo que, en muchísimas ocasiones, no se corresponde con la cambiante efervescencia de una sociedad civil en la que las mujeres están adquiriendo, afortunadamente, un aceleradísimo papel protagonista.
En la medida en que la disolución del matrimonio, mediante el divorcio sin culpa promovido unilateralmente por uno de los cónyuges, se configura como un derecho para cualquiera de los esposos, el contrayente que goza de una menor protección jurídica y que experimenta un mayor desequilibrio con la ruptura, tenderá a minimizar la pérdida disminuyendo el riesgo, eludiendo el compromiso que representa el matrimonio.
En términos generales, son los hombres quienes sufren mayores pérdidas emocionales- abandono forzado del hogar familiar, pérdida de la convivencia con sus hijos- y patrimoniales- abono de pensiones, compensaciones etc.- . En muchas ocasiones, los hijos comunes se utilizan como moneda de cambio para obtener ventajas o compensaciones económicas adicionales. En estas condiciones, necesariamente una parte significativamente creciente de la población masculina, tiende a considerar el matrimonio como una empresa de alto riesgo en la que invierte una parte importante de su tiempo y de su esfuerzo y cuya continuidad depende de la voluntad de un socio, al que la ley, le otorga extraordinarios privilegios en caso de disolución de la empresa común.
Por el otro lado, la extensión de un proteccionismo casi sin restricciones que favorece indiscriminadamente a quien a priori se configura como la parte más débil de una relación sinalagmatica, favorece prácticas manifiestamente abusivas que producen resultados gravemente injustos, lo que, en definitiva, redunda en un significativo incremento de la conflictividad matrimonial o posmatrimonial, con sus secuelas de desestructuración familiar y violencia. En estas circunstancias, el matrimonio deja ser un horizonte vital deseable para muchos hombres , y también para muchas mujeres que no quieren ser beneficiarias de ninguna paternal admonición, sino conducirse, también en el seno de su vida en pareja, en términos de absoluta igualdad e independencia.
El resultado de todo ello es, por así decirlo, que en el matrimonio maximizan su valor de utilidad tan sólo aquellos que están en disposición de percibir,- a través de la ayuda y protección de una legislación intervencionista-, los dividendos extraordinarios derivados de su condición legal de " víctimas" o "desfavorecidos". El resto, que integra la mayoría de la población, o padece sus consecuencias o simplemente prescinde de la institución, buscando y creando modelos alternativos de convivencia.


Jueves, 19 de Enero 2017