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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




LA MAGIA DEL LENGUAJE

Acostumbramos a identificar el lenguaje como una manifestación de la racionalidad humana. Pero esa es sólo una parte de la historia. Probablemente sea cierto que en la estructura última del lenguaje, en su más profunda arqueología anida una vocación argumentativa. Es posible que la evolución del cerebro humano y las variaciones morfológicas que hicieron posible la comunicación hablada de nuestros ancestros evidencien una pretensión ilocucionaria susceptible de integrar una cierta racionalidad comunicativa.
 
Pero también hay otro relato igualmente verosímil. Es el que nos cuenta la historia de una retórica fundamentalista, de esas palabras cargadas con dinamita que socavan el núcleo de nuestras emociones, de ese lenguaje que se inserta como un venablo en la amígdala del  cerebro cortocircuitando el pensamiento argumentativo. Es el mundo arcádico de las grandes proclamas, de los atajos intelectuales que nos liberan del esfuerzo del pensamiento. Forman parte de ese universo que Víctor Lapuente en una obra de gran perspicacia ha identificado como la retórica de los chamanes.
 
Es cierto, que en nuestro país el debate público ha sido colonizado por la retórica de los chamanes, con su lenguaje radical, abstracto, monista que apela a  los grandes principios, una abstracta visión del mundo repleta de ideología que desprecia los datos empíricos porque carecen de la seductora grandilocuencia con la que se forja la Historia. El discurso  de la "exploradora", gradualista, incrementalista, empírico y ajustado a la realidad  se nos presenta como el lento y fatigoso esfuerzo de los pacatos que carecen del coraje necesario "para ir a la raíz del problema".
 
Se trata, sin duda alguna, de una mala elección. Porque ese lenguaje agónico y superlativo, repleto de adjetivos que anticipan un dantesco sucedáneo del fin del mundo,  destierra  la lógica argumentativa del diálogo y jibariza el universo del discurso reduciéndolo a un maniqueo juego de suma cero, de todo o nada. La realidad, desde luego, va por otro lado. Pero los espectadores ya no la perciben porque la magia se ha apoderado del escenario y la gente sólo espera  un sortilegio que convierta, como en el cuento, la carreta en una carroza.
 
No hay lugar para el diálogo informado entre sujetos conscientes con pretensiones de veracidad porque todo signo de objetividad aparece previamente contaminado por la prosa apocalíptica de los hechiceros. Son los únicos investidos de autoridad para descifrar la verdad que yace sepultada bajo toneladas de la jeroglífica jerga de los chamanes. Se advierte una capa demasiado gruesa como para ser horadada.
 
 
 
Se trata de un discurso que distorsiona la lógica de la comunicación. La  matriz racional del lenguaje  vocacionalmente enderezada al diálogo intersubjetivo queda definitivamente eclipsada por la prosa mayestática que apela al núcleo de las emociones y cierra la esclusa del pensamiento racional. ¿Para qué necesitamos la lógica de Aristóteles, si tenemos los conjuros del mago Merlín?.
 
Es un mundo en el que caben todo tipo de "efectos especiales". Cuando ésta retórica embrujada se apodera del debate público, se quebrantan los significados tradicionales y las palabras se convierten en fetiches. La jerga de los chamanes se distingue por la habilidad para acuñar amuletos que desencadenan reflejos paulovianos en sus receptores, bloqueando los significados y transformándolos en emociones.
 
Basten algunos ejemplos para ilustrar lo que quiero decir. El concepto de democracia proviene de antiguo, tiene una larga trayectoria y un significado político inequívoco. Sin embargo, en la jerga del chamán se ha transmutado en un adjetivo que exhala un humus purificador de indiscriminada aplicación para santificar cualquier comportamiento. No sólo la adjetivación del concepto legitima el afortunado sustantivo sobre el que aplica, sino, lo que es más importante, bloquea cualquier debate al respecto y censura la más mínima crítica que pudiere formularse.
 
Democracia es la nueva patente de corso de la modernidad tardía. Así cuando lo que se pretende es incumplir una norma se habla de "flexibilidad democrática" en su interpretación, si lo que se postula es la defensa de un interés particular preterido se apela a la "sensibilidad democrática". Si lo que pretendemos es la dimisión o el cese de algún adversario político qué mejor que invocar la "responsabilidad democrática". Y por último, siempre resulta legítimo el ejercicio de la "presión democrática" para acosar o forzar la voluntad de quienes se oponen a nuestros designios.
 
La jerga ha santificado el concepto convirtiéndolo en una sinfonía polilíngüistica que en la multiplicidad de sus voces carece de otra función que no sea la de avalar acríticamente cualquier comportamiento. Pero en ese tránsito, la alquimia del lenguaje también paga un alto precio: ya nadie sabe de qué está hablando.
 
En el moderno diccionario de la jerga, el conjuro de este aquelarre lingüístico ha acuñado dos conceptos-amuleto de probada e indiscutida eficacia. Pronunciar la palabra "copago" en un debate público-y aún privado-es algo así como invocar el espíritu de Belcebú bajo la cúpula de la Capilla Sixtina. El efecto es inmediato. Nadie que quiera sobrevivir intacto puede no ya apoyar, sino tan sólo razonar, la pertinencia de lo que en resumidas cuentas no es más que una distribución mutualizada del coste sanitario.
 
 El público está inmunizado frente a los argumentos, por muy económicamente justificados que puedan estar. La cuestión clave no se residencia en valorar las consecuencias de un gasto sanitario inasumible, del despilfarro de recursos que pueda suponer la subvención indiscriminada de medicamentos con independencia de la renta de sus beneficiarios o de cualquier otra valoración racional que pueda articularse. El debate no alcanza jamás ese nivel de profundidad porque las alarmas emocionales se han disparado mucho antes. No asistimos a una valoración ponderada de los beneficios o perjuicios que pudieran derivarse de la implantación de un sistema de esa naturaleza. Estamos ante una cuestión de principio. Nos hallamos en la médula de la estructura chamánica de la arquitectura social.
 
El otro concepto es el de "recortes". La mera pronunciación de la palabra desata todos los fantasmas que anidan en el abundante muestrario de la jerga. No hay debate racional que pueda resistir el mágico conjuro de esta extraordinaria pócima. Por definición los "recortes" son un atentado al bienestar de por "la gente" con independencia de que esa gente sean privilegiados rentistas o desahuciados sin hogar. Y aunque el elemental sentido común que aplica la mayoría de los ciudadanos en su vida privada nos diga que "no se debe gastar lo que no se tiene, si no se puede devolver lo prestado"  esa es una regla de conducta que deja de regir en el mundo abstracto e impersonal dominado por los chamanes .
 
Éstas palabras operan como un acelerador de partículas. Precipitan las emociones y bloquean la órbita frontal del cerebro anulando cualquier pretensión racional que pueda ser intersubjetivamente argumentada. En esa retórica proliferan los charlatanes, los nuevos demiurgos de la modernidad en red que, como muy bien apunta Víctor Lapuente en su magnífica obra, anuncian  el retorno de los chamanes.
 
 
 
 
 
 
 


Viernes, 17 de Febrero 2017