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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿TIENE CADA ÉPOCA LAS IDEAS QUE NECESITA?

Se trata de una cuestión controvertida pero la respuesta de Ian Morris en su magnífico libro “Cazadores, Campesinos y Carbón” nos invita a una profunda reflexión acerca de cómo se forjan los valores en las diferentes sociedades humanas que se han sucedido a lo largo de la historia. No resulta sencillo desalojar la sombra de la polémica cuando están en liza arraigados prejuicios ideológicos o religiosos que hacen saltar las alarmas de todas aquellas visiones del mundo precientíficas, hoy amenazadas de extinción.
 
El territorio de la ética, hasta hace poco tiempo monopolizado por los filósofos, está siendo aceleradamente colonizado por la ciencia; la biología evolucionista está en condiciones de proporcionar una explicación plausible a la emergencia de determinados valores humanos que aparecen genéticamente grabados en nuestros circuitos. Esta es también la tesis Morris: todos los grupos humanos tienen una idea aproximada de cómo tratar a los demás de manera justa y equitativa, del amor y del odio, tienden a evitar el daño y procurar el placer, y ello con independencia de su ubicación geográfica o del momento histórico.

Lo que varía esencialmente a lo largo de la historia de nuestra especie es el contenido de esos valores, la plasmación concreta en un momento históricamente determinado de esa “axiología innata” que forma parte de nuestro equipamiento genético y que, por supuesto, también está culturalmente modificada.

La geografía, en la tesis de Morris, es la llave que encierra el secreto de esta historia. Conforme los grupos humanos fueron aumentando de tamaño y densidad, condicionados por el clima y el entorno natural, esas agrupaciones humanas continuaron fortaleciéndose y capturando progresivamente mayores cantidades de energía, lo que necesariamente condujo a alteraciones sustanciales en las correspondientes instancias culturales, ideológicas y morales, de manera que aquellos sistemas se adaptasen a las nuevas necesidades materiales.

Así, las sociedades de cazadores-recolectores que aparecieron en los linderos del gran bosque pluvial del África central y que emigraron de aquel continente hace unos 70.000 años, instalándose progresivamente en las zonas más habitables del mundo, que vivían básicamente de la caza de animales salvajes y de la recolección de plantas y semillas, capturaban unas 5000 kcal diarias per cápita. Viviendo en grupos reducidos y desplazándose con mucha frecuencia, adoptaron el código de valores que mejor funcionaba en aquel contexto: eran sociedades decididamente igualitarias, con un explícito rechazo de la jerarquía, “todos somos líderes” respondió un cazador del desierto de Kalahari al antropólogo Richard Lee, cuando le preguntó, sorprendido, por la ausencia de líderes del grupo.

Había una razón para ello: los frecuentes desplazamientos del grupo en busca de alimentos dificultaban extraordinariamente la acumulación de riqueza material. La caza y la recolección como sistemas de captura de energía establecían límites estrictos a esa acumulación Se trataba de sociedades en las que la desigualdad de género se hallaba muy matizada por el uso generalizado de la violencia, un recurso que proporcionaba protección a las mujeres a cambio de la cual estas estaban dispuestas a sacrificar parcialmente sus ventajas sexuales.

Cuando la población se incrementó alrededor de los denominados Flancos Montañosos, en las Latitudes Afortunadas, surgió la agricultura, en zonas como Mesopotamia, el suroeste de Asia o Mesoamérica. Los modos de captura de energía se alteraron drásticamente y la “productividad” se elevó desde las 5000 calorías de las sociedades cazadoras-recolectoras hasta las 30.000 kcal diarias per cápita del imperio romano.

Naturalmente, los valores de las sociedades agrarias también se modificaron. Apareció lo que podríamos denominar el “Viejo Contrato” que rigió la vida de todas las sociedades hasta el advenimiento de la revolución industrial. Reposaba en un fundamento muy sencillo: la Naturaleza y los Dioses requerían que algunos mandaran y otros obedecieran, y mientras todos cumplieran con su función, todo funcionaría a las mil maravillas en el mejor de los mundos posibles.

Por supuesto, como señala Morris el trabajo forzado, la desigualdad de género y económica, la aparición del Estado y la reducción de la violencia fueron los obligados corolarios de aquel sistema cultural que tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones reinantes. Las ideas y los valores cambiaron no por ninguna introspección subjetiva de la conciencia sino porque el nuevo código ético era el que mejor funcionaba en una sociedad agraria que había modificado drásticamente el modo de capturar energía.

Y lo mismo volvió a suceder mucho más tarde cuando la revolución tecnológica iniciada a finales del siglo XVIII en Inglaterra alumbró la sociedad de combustibles fósiles, multiplicando exponencialmente la captura de energía hasta las 250.000 kcal para cápita. La revolución industrial se extendió aceleradamente por todo el planeta, propagando con su imparable marcha una nueva verdad: en unas cuantas generaciones las ancestrales diferencias de género, las desigualdades económicas y las jerarquías políticas han pasado de ser consideradas como hechos naturales de la existencia a ser combatidas y eliminadas como residuos de sociedades arcaicas y poco civilizadas.

La hipótesis de Morris, empírica y verificable, y sobre la que éste ofrece innumerables pruebas y testimonios que le confieren un marchamo de autenticidad difícilmente rebatible, resulta rupturista y aún, revolucionaria, en más de un sentido. En primer lugar, ofrece una correlación causal, empírica y materialista entre los sistemas de obtención de energía y los códigos culturales y de valores en cada una de las sociedades históricas, sin emitir ningún juicio apriorístico desde el tradicional punto de vista privilegiado.

Después, refuta definitivamente cualquier idea de esencialismo axiológico. La antigua formulación de raíz Roussoniana de esos elevados valores humanos innatos debe ser enterrada definitivamente y en su lugar afrontar una nueva verdad incómoda: cada época genera las ideas que necesita.


Miércoles, 29 de Marzo 2017

OSOS PANDA, AUTOBUSES Y DRAG QUEEN EN EL CIRCO NACIONAL

Ha transcurrido casi un siglo desde que Ortega publicara su lapidaria conclusión sobre España y seguimos siendo, en más de un sentido, un país invertebrado. Esa fractura  esta lejos de limitarse a la frágil e inestable estructura territorial de la nación. Es en las zonas sensibles donde se perfilan las fronteras de la convivencia, allí donde los consensos básicos segregan el humus que sedimenta el espíritu de una comunidad donde se evidencian nuestros tradicionales déficits históricos, las grietas de un armazón permanentemente amenazado por el derrumbe.
 
Tres recientes episodios, historias que resultarían anecdóticas en un contexto de normalidad institucional, adquieren un significado cualitativo en la agitada coctelera de nuestra vida política y social.
 
Padecemos el viejo estigma del miedo a la libertad y seguimos anclados en el paternalismo proteccionista de un victimismo irredento. El reciente conflicto con los estibadores- un anacronismo gremial del siglo XVIII-que han consolidado un monopolio casi mafioso en los puertos españoles ha dejado al descubierto la patética indigencia intelectual y la naturaleza oportunista de un sector significativo de lo que se denomina la nueva izquierda.
 
La líder del movimiento en Andalucía, Teresa Rodríguez, en un arrebato con altas dosis de romanticismo ha exigido que se proteja a los estibadores españoles como si de una especie en extinción se tratara-"osos panda en el precarizado mercado de trabajo español", otorgando legitimidad a la protesta de una casta privilegiada; precisamente ese tipo de élites que identifican como los responsables de los males que tanto afectan a la gente que dicen defender.
 
Hay también una idiosincrasia singular en esa actitud. Es el lado perverso y oscuro de la solidaridad, que ya apuntábamos en un artículo anterior. Es el vínculo emocional con una tierra desgarrada que ha construido el relato de un imaginario colectivo, de un mundo victimizado de acreedores de la existencia. Que no se corresponda en absoluto con la realidad es la condición necesaria para que el narcótico funcione.
 
Y después queda algo más. La enormidad de la ignorancia, la malicia del oportunismo, la petulancia del anacronismo y ese viejo cliché de la España invertebrada: "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". Es un síntoma de la debilidad de la sociedad civil que una élite medieval  sea capaz de paralizar la acción de un Gobierno y reciba el apoyo de quienes se pretenden actores y protagonistas en la sociedad del siglo XXI.
 
Y mientras, en Madrid, un autobús circula por las calles de la capital exhibiendo varios lemas de dudoso gusto que cuestionan la transexualidad. Está fuera de discusión que en las naciones civilizadas la identidad y la libertad sexual constituyen derechos fundamentales de los individuos y pertenecen a su más estricta intimidad.
 
Pero con el mismo empeño deberíamos defender también el derecho inalienable a expresar una opinión diferente. Las ideas no matan ni lesionan a nadie. Es su prohibición lo que ensombrece el horizonte y abre el camino a los totalitarismos. Por supuesto, los guardianes de la corrección política se han apresurado, con la fiscalía abriendo el desfile,  a condenar, prohibir y secuestrar el autobús aduciendo que incita al odio. Deberíamos reflexionar al respecto.
 
A mí, como a la inmensa mayoría nos repugna cualquier discriminación. Ideológica e intelectualmente me sitúo en las antípodas de movimientos o asociaciones como las que promueve este mensaje homófobo. Pero es en estos momentos cuando debemos recordar las palabras de aquel ilustrado intransigente que fue Voltaire: "no comparto tu opinión pero daría mi vida por tu derecho a expresarla". Es sencillo ser tolerante con los que piensan de manera idéntica. Pero es en el derecho a la diferencia, a la no identidad, donde la democracia se juega su destino. Es en la frontera, en el limes semántico del discurso, donde se pone a prueba la verdadera fortaleza de la sociedad civil.
 
Allí identificamos un punto de no retorno. Cuando, desde esa colina, atisbábamos  el horizonte sabemos que hemos cruzado el Rubicón; tenemos la seguridad de hallarlos en una tierra protegida, la fortaleza de una sociedad civil consolidada como síntoma de una sociedad vertebrada. En América es lícito quemar la bandera para expresar una idea, aquí secuestramos autobuses.
 
Y al otro extremo del país, en pleno carnaval de las Palmas, una tradición que moviliza toda la isla, se escuchan, en medio de la algarabía,  los compases siniestros de la sempiterna inquisición. La delicada sensibilidad del obispo alza su voz indignado por  la representación de una imagen de la virgen en el disfraz de una drag queen que ha obtenido el primer premio del carnaval . Una tragedia sin igual que le llevó al indignado dignatario a realizar algunas manifestaciones delirantes-de las que después tuvo que arrepentirse- comparando el dolor y la ofensa con las víctimas del trágico siniestro de Spanair.
 
Toda visión totalitaria del mundo comparte un denominador común: no admiten la diferencia, persiguen la no identidad. En su matriz ideológica anida una vocación de aniquilación. Cualquiera que manifieste una discrepancia, que se configure como depositario de la alteridad o proclame la no identidad con la conformidad totalitaria está expuesto a la persecución, la sanción y en último término al exterminio. Se llamen judíos, homosexuales, ateos o creyentes, son sencillamente diferentes y no se ajustan al patrón de la dominación.
 
La fortaleza de una sociedad equilibrada, socialmente vertebrada,  radica no tanto en la capacidad de anular-mediante la coacción o la fuerza- esas fuerzas centrífugas que distorsionan la convivencia, sino en crear las condiciones objetivas para que no puedan  emerger. Y aún nos queda mucho camino por recorrer.
 
 



Viernes, 3 de Marzo 2017