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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




EL GRAN VINCENZO

Le conocí en una estación de esquí durante unas breves vacaciones de invierno. Lucía el mejor aspecto que uno puede tener cuando ha sobrepasado la edad de jubilación. Una abundante y plateada cabellera, atildadamente recogida hacia atrás, envolvía un rostro que, aun surcado por los pliegues de una vida convulsa, todavía resultaba atractivo. Su estatura, aun sin ser excesiva, era suficiente para acoger el armazón de un cuerpo que conservaba las proporciones de lo que, sin duda, debió ser una juventud atlética.
 
Se conducía con el aplomo y la seguridad de quien ha tenido la fortuna de vivir en el lado privilegiado de la existencia. Su porte y sus ademanes, gobernados bajo la batuta de unas manos firmes y delicadas que se prolongaban en unos dedos escrupulosamente tallados, destilaban aquel aroma de elegancia que envolvía la escena cuando Gregory Peck aparecía en la pantalla. Vincenzo era muy consciente de ello y no se molestaba en disimular una mueca de orgullo natural que afloraba en el primer minuto de su conversación: había nacido y se había educado en Las Arenas de Getxo, el legendario e inexpugnable baluarte de la mejor sociedad de Euskadi.
 
Había recorrido la vida en un exagerado carrusel. Durante mucho tiempo la fortuna le había sonreído, convirtiéndose en un exitoso empresario gestionando una conocida línea aérea, pero después el destino le había arrebatado su modo de vida. Pero lo que el caprichoso azar no pudo sustraerle era esa inagotable jovialidad que impregnaba cada instante de su existencia de un contagioso amor por la vida, de una irrefrenable pasión por apurar cada instante como si fuera la antesala del final. Había algo de agónico y fatídico en la  irradiante estela de felicidad que dejaba a su paso.
 
Nos saludó con un protocolo digno del flaneur de Beaudelaire: su primera frase fue: "buenas noches", la segunda dejó las cosas claras desde un principio: "lamentablemente, soy un jubilado, vivo de una  pensión y estoy arruinado". Aquella memorable cena fue un precio ridículamente pequeño por disfrutar de la compañía de un hombre como Vincenzo. Resultó ser un partenaire inmejorable, un infatigable conversador que imprimía una desbordante vitalidad en cada frase, casi en cada palabra que pronunciaba.
 
Vincenzo no era un hombre especialmente culto. Afortunadamente, su reino era de este mundo, pertenecía a la sangre que corría por sus venas y a la tierra en la que había nacido y de la que tan orgulloso se sentía, un mundo muy alejado de la pedantería canónica de la Academia. En su talento no se percibía ninguna artificiosa compostura. Porque talento tenía y mucho.
 
No era la suya esa clase de habilidad que se compra en el mercado por un puñado de monedas. Poseía un agudo sentido de la existencia, esa destreza con la que la experiencia premia la inteligencia. Su conversación estaba trufada de un fino sentido de la ironía, una ironía que se había convertido mucho más en una técnica de conciliación y supervivencia frente al mundo que en la consecuencia de un elaborado escepticismo.
 
Vincenzo había aprendido a encarar los sinsabores de la vida desarrollando un singular espíritu dionisíaco que le permitía, por decirlo así, optimizar sus recursos. No era optimista, porque para visualizar el mundo con esas lentes hace falta una dosis de ingenuidad incompatible con quien ha experimentado las embestidas de la realidad más descarnada. Simplemente, Vincenzo se instalaba en el lado placentero de la vida. Y así, consideraba sus desventuras económicas como una momentánea incomodidad que procuraba compensar disfrutando de la hospitalidad y de la generosidad de sus acomodados amigos y anfitriones.
 
Su azarosa vida sentimental, jalonada por apoteósicos romances y desgarradoras rupturas, se encontraba en una fase, por así decir, de "transición", evolucionando hacia alguna forma de prosaico compromiso con la realidad. Cuando le conocí aquella noche estaba esperando la visita al día siguiente de una amiga cuya característica más singular, tal como nos dijo, era "haberse convertido recientemente en una rica heredera". Con un sarcasmo que no podía disimular un verdadero y genuino sentimiento de afecto nos confesó que su vida sentimental se había limitado a esperar la aparición de "un mirlo blanco con la leña", que le permitiera revertir definitivamente la triste condición de pensionista a la que había quedado reducido por los caprichos de un destino despiadado.
 
Vincenzo exageraba notablemente sus relatos, incorporando un lenguaje hiperbólico que engrandecía la narración en los extremos que él deseaba enfatizar. Y cuando su interlocutor mostraba algún gesto de extrañeza e incredulidad al escuchar sus "hazañas", después de matizar el relato con alguna dosis de realismo, acudía siempre a la misma explicación: "es que yo soy de Bilbao". Pero no era fanfarronería lo que destilaba su conversación, sino vitalidad. Tenía esa rara virtud de oxigenar el lenguaje, insuflando vida a los conceptos.
 
Era un hombre sin rencor, o al menos no lo traslucía en su conversación. Y ello, pese a que muy probablemente tenía sobrados motivos para albergar algunos odios africanos. De la nostalgia, sólo conservaba la necesaria para alimentar la ilusión del futuro, pero no anhelaba el regreso a ningún "paraíso perdido". Es ese tipo de nostalgia que te hace conservar en la memoria el excitante sabor de una deliciosa copa de champán en el Lounge de una estación de esquí sin que te importe que quizá sea la última vez.
 
Atribuía su infortunio económico a esa virtud que los desheredados del destino han convertido en patrimonio nacional: la honradez. En eso no había singularidad alguna. Según ese extendido relato que está detrás de cada fracaso empresarial, en España sólo se han empobrecido los honestos, ni siquiera los tontos. Sólo quienes han cumplido todas sus obligaciones y satisfecho hasta el último céntimo de sus deudas se han visto arrastrados al abismo de la miseria. Es algo así como el rescoldo de un residuo medieval, un estrafalario sentido de la hidalguía, una vocación  quijotesca de alcanzar el heroísmo mediante la autoinmolación personal en el santuario de la honradez.
 
Siempre me ha sorprendido que siendo la honestidad y la honradez virtudes tan escasas en nuestro glosario nacional, algunos acudan tan frecuentemente a ellas como blasón distintivo de una ética quijotesca. Vincenzo hacía gala de ello con un fervor que rayaba en el fanatismo. Como si aquello constituyera una especie de ritual de paso, la tarjeta de entrada en el Reino de los Cielos. Resultaba curiosa aquella explicación, tan curiosa que me hizo reflexionar sobre la autenticidad de Vincenzo. Era un hombre de otro tiempo. Hoy toda esa cháchara hubiera resultado anacrónica e incluso irrisoria. En la sociedad del pillaje a los honrados se les tilda de estúpidos y a  nadie le gustaría presumir de ello.
 
Lanzaba diatribas contra el mundo pero eran dardos edulcorados por un humor demasiado denso para percibir su negritud. No le gustaban los abogados, la ropa barata y la comida rápida y probablemente por ese orden. Adoraba a las mujeres, el lujo y el glamour y también por ese orden. Era un amante de la vida que apuraba hasta el infinito el último sorbo de la existencia. Y pese a toda su aparente frivolidad, en Vincenzo moraba un sentido de la trascendencia más profundo que el que simbolizan cien catedrales góticas. Todavía me estremezco cuando escucho en el eco lejano de su conversación un grito por la vida. Grande Vincenzo.


Jueves, 6 de Abril 2017