Menu
Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




POR QUÉ NO ME GUSTA EL PARAÍSO

Desde hace tiempo tradicionalmente los países nórdicos han figurado en los primeros puestos de todos los ranking internacionales que miden la riqueza, el bienestar y la igualdad. Igualmente, sus ciudadanos se identifican y reconocen como los seres más satisfechos y felices del planeta. Los habitantes de los países escandinavos en general y los daneses en particular son los campeones mundiales de la felicidad en todos los informes y encuestas que se han efectuado al respecto; tanto el Informe Mundial de la Felicidad elaborado por las Naciones Unidas, como el Índice para una Vida Mejor de la OCDE o la Encuesta Social Europea les otorgan posiciones de absoluto privilegio. Se trata, por utilizar el afortunado título del libro de Michael Booth al respecto de "Gente casi perfecta".
 
No cabe duda de que estamos en presencia de sociedades plenamente integradas y muy cohesionadas, que disfrutan de un estado del bienestar extraordinariamente generoso que provee a todos los ciudadanos de sanidad y educación universales y gratuitas -incluyendo el acceso a la universidad-, de reducidas jornadas laborales que permiten compatibilizar la vida personal y profesional, de una irrestricta igualdad de género que proscribe cualquier discriminación salarial o de otro tipo, de una amplia cobertura en caso de desempleo, de ayudas y subvenciones para los desfavorecidos, de unas generosas seis semanas de vacaciones al año y, en fin, de toda una amplia gama de prestaciones sociales. En estas condiciones, me pregunto ¿quién no querría vivir en esta especie de paraíso en la tierra?. Porque, con la excepción de la climatología, no hay ninguna sociedad que haya alcanzado tan altos índices de bienestar y satisfacción en todos los parámetros que tradicionalmente se utilizan para medir algo tan subjetivo como la felicidad.
 
Y sin embargo, no soy el único que se formula esta pregunta. Michael Booth ha escrito un sugerente y apasionante relato sobre su experiencia escandinava -está casado con una danesa- tratando de encontrar una respuesta . Y aunque hay muchas cosas que le sorprenden y desagradan -lo atribuye a su exagerada arrogancia británica- no acaba de proporcionar una explicación satisfactoria al hecho de que pese a todos los innegables logros económicos y sociales hay algo que no termina de encajar en esa utopía escandinava de la gente casi perfecta.
 
Todo el cuadro destila una armonía que lo hace sospechoso. Es una voz que susurra instintivamente que algo huele a podrido en el paraíso. No se trata de los inevitables problemas y dificultades con las que tienen que lidiar también estos países. Michael Booth los explicita magistralmente, pero al fin y a la postre, se ve forzado a reconocer que, en todo caso, han logrado gestionar  sus contradicciones infinitamente mejor que el resto de nosotros. Es algo distinto, una sensación de abstracta y genérica incomodidad, una resistencia interior a aceptar la aparente armonía de la perfección. Podría ser un prejuicio, de esos que es necesario desterrar porque están anclados en la heurística de los sesgos. Pero también podría ser esa clase de intuición que anticipa un juicio racional.
 
Curiosamente, la respuesta la encontré entre los mismos protagonistas que habían despertado mi curiosidad. Meik Wiking es director ejecutivo del Instituto de Investigación sobre la Felicidad de Copenhague, un centro dedicado al estudio del bienestar y la calidad de vida. Wiking ha escrito un libro verdaderamente emblemático en el que pretende dar respuesta al misterio de la inigualable felicidad que envuelve la vida de los daneses. "HYGGE, la felicidad de las pequeñas cosas" es algo más que un manual para alcanzar el nirvana nórdico. Su autor, probablemente sin pretenderlo, nos ha ofrecido una excelente respuesta a ese inquietante sospecha que nos hacía interrogarnos sobre las bondades de la utopía escandinava. El libro ha iluminado mi respuesta: ahora comprendo bien porque no me gusta el paraíso.
 
Hygge es un concepto específicamente danés, de difícil traducción a cualquier lengua extranjera. Y eso, como explicaré después no es anecdótico. Podríamos traducirlo como una especie de calidez, comodidad o unión. En palabras del autor algo así como una especie de "abrazo sin tocarse" un disparador de la oxitocina que hace las veces de auténtico "pegamento social". La dificultad de la traducción es un índice de la amplitud del concepto: la palabra hygge se puede añadir a casi cualquier otra de la lengua danesa para denotar todo tipo de situaciones presididas por esa placentera sensación: hyggekrog, es el rinconcito "donde te gusta acurrucarte con una manta, en compañía de un libro y una taza de té",Hyggelig es la cualidad que se predica de algo que posee Hygge y así sucesivamente.
 
El Hygge no es un estado de ánimo. Es mucho más. Es una visión del mundo, una ideología que impregna todos los aspectos de la vida. Desde la ropa que vistes, a la comida que ingieres, la casa en la que vives,  la gente con la que te relacionas etc... Las estaciones del año también están marcadas por un calendario hygge , las horas de ocio, los amigos y compañías que frecuentas, las relaciones sociales, el trabajo en la oficina todo está permeado por ese maravilloso manto de la felicidad: lo hyggelig.
 
La casa constituye lo que el autor considera "la sede del hygge" que, por supuesto, debe contener los requerimientos clásicos de la felicidad en su singular versión danesa: una chimenea, unas velas, cosas hechas de madera, la sempiterna naturaleza, algo de porcelana y el omnipresente toque vintage . Por supuesto, en situaciones de emergencia, en las que el pobre diablo se encuentra bajo de energía y la intensidad del hygge disminuye, el autor le proporciona un kit de emergencia en el que no pueden faltar las velas, el chocolate (del bueno), un buen par de calcetines de lana, un jersey de batalla, un álbum de fotos y cualquier otro trasto inservible que queramos añadir.
 
Aunque la Navidad es el momento más emblemático en donde cristaliza el espíritu hygge , sería inconcebible que tal despliegue de felicidad quedara reducido a una sola estación del año. El autor propone un maravilloso plan para cada mes, empezando por "la noche de peli" en enero, continuando con la "excursión y cocinar en la fogata" para abril y concluyendo con unos buñuelos en diciembre, siempre que el atormentado pupilo no haya tenido la afortunada idea de suicidarse antes.
 
Además contamos con otra ventaja añadida. El hygge es maravillosamente democrático, humilde, lento y sobre todo… barato. ¿O acaso las actividades que sugiere Wiking no están al alcance de todos aquellos entusiastas que deseen incorporarse al mantra de la felicidad, con independencia de sus recursos económicos?. Los juegos de mesa, la fiesta de las conservas, la noche de tele- con palomitas por supuesto-,la petanca, encender una hoguera o montar en trineo son todas actividades profundamente hyggelig que condensan  la esencia de esa envidiable felicidad danesa.
 
Desde luego, esta intensa práctica de la felicidad no puede quedar reducida al recinto del hogar o a los espacios de ocio; debe prolongarse también en la oficina, en el lugar de trabajo. ¿Cómo conseguirlo? El autor proporciona una receta mágica: ponga una tarta en la oficina, sí, una tarta, y si puede ser ese océano de nata y mantequilla extraordinariamente hygge  que es el kringle-la pasta danesa clásica-te habrás aproximado a la perfección. Por supuesto, todo ello en un ambiente desenfadado e informal. Nada de trajes. Es obligado el color negro, el fular y " un supervoluminoso jersey". Sinceramente, detesto los trajes pero estoy considerando la posibilidad de vestir con raya diplomática todos los días del año.
 
Y por supuesto, no puede faltar el café-en abundancia-las velas, con una tenue y romántica iluminación, y los amigos y familiares, el último tormento que cabría añadir a este catálogo digno de la inquisición. Interminables reuniones con amigos escogidos y familiares sin escoger en torno a una mesa hyggelig , con una copa de vino, unos rancios calcetines de lana y algún chucho merodeando por la habitación… ¿Puede igualarse semejante parangón de felicidad?
 
Al terminar la lectura del libro, en la que el autor además propone lo que denomina un safari hygge -una especie de  visita guiada por Copenhague- he encontrado una respuesta definitiva a mi interrogante: ahora se perfectamente porque no me gusta el paraíso. Estoy de acuerdo con Michael Booth en alabar los impresionantes logros económicos y sociales del estado de bienestar escandinavo, pero con toda sinceridad si tuviera que elegir me encuentro mucho más próximo al denostado individualismo norteamericano que tanto abominan.
 
Ahora sé con toda claridad porque algo se agita en mi interior cuando olfateo esa aura de inmaculada perfección que destilan aquellos sistemas sociales tan coherentes e integrados: es una mueca de espanto ante esa visión del mundo, esa ideología que regula, con una conformidad totalitaria que elimina la diferencia como razón, todos los aspectos de la vida social e individual de los hombres y mujeres más "felices" de la tierra. Me alegro de no pertenecer a esa estadística. No me gusta el mundo administrado, ni tampoco los institutos para medir la felicidad. Se equivoca Meik Wiking cuando al final de su libro pretende parodiar algo así como una pretensión ensayística. La felicidad no es un asunto puramente subjetivo. Tiene, sin duda, una dimensión subjetiva, es la experiencia vivida de un sujeto, pero el contexto cuenta y en una dimensión distinta. No es posible separar la felicidad de un concepto enfático de verdad. También pertenece a una dimensión objetiva: aquella que nos remite al anhelo de una sociedad verdadera.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Jueves, 4 de Mayo 2017