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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




UN NUEVO TOTALITARISMO
Acabo de concluir la lectura de un libro apasionante: Grand Hotel Abyss, de Stuart Jeffries, un acreditado editor del periódico The Guardian . Utilizando el irónico sobrenombre con el que Lukács se refería a los más prominentes miembros de la Escuela de Francfort, el autor logra entretejer un relato histórico, pero crítico y actualizado, de la vida y de la obra de los más reputados miembros del Instituto de Investigación Social: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Friedrich Pollock, Erich Fromm o Herbert Marcuse, entre otros.
 
No voy a negar que admiro gran parte de la obra de este formidable grupo de intelectuales alemanes que, exiliados de su patria pero conservando su lengua, alumbraron uno de los más penetrantes y lúcidos análisis de la modernidad en el siglo XX. Pero no son sus agudas y premonitorias reflexiones sobre el fracaso de aquella promesa de felicidad que encarnaba la Ilustración las que quiero destacar ahora aquí. Es su inquebrantable voluntad de negación, un insobornable espíritu de ajustarse a la verdad que, forjado en la resistencia frente al totalitarismo que condujo a la Segunda Guerra Mundial, se articularía en una metodología dialéctica conocida como Teoría Crítica, lo que me trae a la memoria otro acontecimiento de mucha más reciente actualidad en el que resuena el eco lejano de las retóricas de la intransigencia y del excluyente principio de identidad.
 
Todos los medios de comunicación, y por supuesto, también las redes sociales, se han hecho eco del fulminante despido de un ingeniero de Google a raíz de una carta dirigida a la vicepresidenta del departamento de Diversidad, Integridad y Gobierno de la compañía, Danielle Brown, en la que bajo el título "la caja de resonancia ideológica de Google" el empleado discrepaba de la política de la compañía en este aspecto, y ofrecía algunas sugerencias alternativas con la intención de mejorar la política de diversidad.

Los titulares de la práctica totalidad de la prensa escrita y de los informativos televisivos dan cuenta del justificado y merecido despido de un empleado incorregiblemente machista, que hace gala de un sexismo discriminatorio e hiriente, tiene la desfachatez de redactar un panfleto en el que desprecia a las mujeres y justifica su discriminación laboral, que pone en duda su aptitud para trabajos de alta dirección y pretende confinarlas al gueto de la casa y del hogar. En suma, un anacronismo propio del pleistoceno que vive en el tiempo equivocado.

Pero la noticia encierra alguna sorpresa. Y es verdaderamente explosiva. Basta leer la carta que el desafortunado ingeniero dirigió a la directora del departamento de Diversidad de Google para comprender la magnitud de la catástrofe intelectual que ha desencadenado el totalitarismo de la corrección política, impregnando con la pervertida complicidad de un círculo de silencio todo el tejido de la vida social. La unanimidad de los medios, en un tratamiento distorsionado de la información, es un elocuente índice del grado de barbarie que hemos alcanzado. Nadie puede sobrevivir más allá de las barreras de éste moderno Muro de Adriano, del nuevo limes ideológico que han erigido los guardianes de la Palabra Sagrada que ahora se declina en la conjugación laica de la democracia y la igualdad.

Y si no juzguen ustedes mismos. ¿Cúal es el crimen que ha cometido esa especie de Autralopithecus digital que tanto ha enervado a la comunidad bienpensante de los medios y de sus paniaguados adláteres?. Pues sencillamente hacerse eco de lo que hace tiempo la mejor ciencia, la psicología y la biología evolutiva, han acreditado de manera indubitada: que existen diferencias biológicas, innatas y definitivas entre los géneros; que los hombres y mujeres tenemos capacidades, inclinaciones, sentimientos y afectos diferentes; que todos, hombres y mujeres, estamos expuestos y padecemos determinados sesgos y que el único modo de limitar su efecto es ser plenamente conscientes de ello; que las mujeres son "abiertas en sus sentimientos y estéticas y que tienen un interés más fuerte en las personas antes que en las cosas en comparación con los hombres"; que , "se comportan de manera más extrovertida y más amable y que por eso lo pasan peor a la hora de negociar salarios, pedir aumentos, negociar o de dirigir empresas".

Y respecto de los hombres ha tenido el atrevimiento de afirmar-junto con toda la actual tradición científica seria-que "los hombres son más ambiciosos y tienen mayor predisposición hacia el estatus, que el estatus es la primera métrica con la que a menudo se juzga los hombres empujando a muchos de ellos a trabajos mejor pagados pero menos satisfactorios que aportan el estatus que ansían" que, "al contrario que las mujeres que buscan, de media, un mejor equilibrio entre la vida y el trabajo, los hombres prefieren un mejor estatus".

Al decir del autor del texto muchas de estas características condicionarían fuertemente la presencia de las mujeres en puestos tecnológicos de alta dirección de la compañía. Desconozco si esa conclusión es o no acertada, pero lo que parece evidente es que las premisas se corresponden con el actual estado de nuestro conocimiento científico por mucho que no se ajusten al dictatorial protocolo de la corrección política.

¿Y qué es lo que propone nuestro empleado para remediar el actual estado de cosas en la compañía?. Algo en todo caso muy sensato. "Demoralizar la diversidad", esto es, abandonar la política de moralizar los problemas; "dejar de alienar a los conservadores" porque en determinados entornos se sienten cohibidos y se encierran en sí mismos para evitar la hostilidad o "tener una discusión abierta y honesta sobre los costes y beneficios de nuestros programas de diversidad"; enfocarse en la seguridad psicológica, no sólo en la diversidad raza/género,; desempatizar la empatía, priorizar la intención y ser abierto con respecto a la ciencia de la naturaleza humana". Es decir una especie de decálogo que debería figurar en el frontispicio de cualquier institución sea política, empresarial o de otro tipo.

Como por supuesto, el pobre diablo se temía el huracán que iba a desencadenar, insiste, denodadamente, en varias ocasiones en afirmar su "pureza de sangre" su inmaculado árbol genealógico de cristalino brillo democrático; se identifica como liberal, afirma: " creer firmemente en la diversidad racial y de género" añadiendo, ingenuamente, "pienso que deberíamos tener más todavía" y por supuesto suscribe la política de diversidad de la compañía. De nada le ha servido. En su infantil ingenuidad-y esto lo añado yo-puntualiza que lo único que pretende es mejorar las prácticas de la compañía en el seno de una comunidad abierta de libre discusión. Naturalmente, Google es una compañía multicultural, tolerante y abierta… hasta cierto punto, el límite lo marca esa dictadura cada vez más visible que hace de la denominada "corrección política" un modo de estar en el mundo.

Es la chispa que enciende la mecha de una alocada carrera en la que no hay medalla de plata, un juego de suma cero en el que el ganador se lo lleva todo; en el podium solo hay una plaza y es para el campeón: el más progresista, el más inclusivo, el epítome de la diversidad. Si para conseguir el premio ha tenido que pisotear la historia entera de la ciencia, entonces la solución es bien sencilla: construyamos otro relato alternativo, el científico ya no nos sirve. Me siento orgulloso de no participar en esa competición.

Vivimos atrapados en un círculo cerrado del discurso unidimensional. Si Herbert Marcuse reescribiera hoy su famosa obra cambiaría el título. Se ha producido un cierre del universo del discurso, particularmente en el seno de la izquierda, en torno a los nuevos mitos surgidos de las microculturas de la sociedad posmoderna. La pérdida del privilegio ontológico de la clase obrera como sujeto revolucionario, ha provocado la emergencia de múltiples candidatos, a cada cual más esotérico. Tengamos la osadía de decirlo definitivamente: no hay ningún sujeto privilegiado en la historia, no hay ningún maestro de ajedrez oculto que maneje al autómata como creía Benjamin; Popper estaba en lo cierto la historia carece de rumbo, no hay ningún destino prefijado.

El materialismo histórico es sólo un método, como profecía ha resultado ser un rotundo fracaso.

Urge reivindicar el prestigio de la razón. Todavía nos resta por ultimar el legado histórico de la ilustración. No hemos recorrido el largo camino del desencantamiento del mundo, desprendiéndonos de los mitos y supersticiones religiosas, solo, para caer bajo el hechizo de los nuevos clérigos de lo políticamente correcto.

Para terminar, un solo momento de nostalgia. Me pregunto qué diría hoy Adorno si pudiera contemplar este espectáculo; él definió un nuevo imperativo categórico: vivir para que Auschwitz no se repita. Es verdad, pero vivimos todavía bajo los humeantes rescoldos de los hornos de Treblinka.


Miércoles, 9 de Agosto 2017

¿ES LA MATERNIDAD UNA OPCIÓN?

Recientemente he tenido ocasión de leer un par de libros, escritos desde diferentes perspectivas, que me han suscitado alguna interesante reflexión sobre esta pregunta, un tanto iconoclasta e impertinente, que cuestiona las bondades tradicionalmente asociadas a la procreación.
 
Las autoras, porque de dos mujeres se trata, abordan la cuestión desde diferentes perspectivas. “No Madres” es, en alguna medida, el relato desgarrador de la traumática experiencia que vivió la periodista María Fernández-Miranda-hoy subdirectora de la revista Cosmopolitan- en su denodado y finalmente frustrado empeño por alcanzar la maternidad y satisfacer de ese modo las naturales expectativas del mundo en el que había sido educada y del entorno en que vivía.
 
“Madres Arrepentidas” es un estudio sociológico, emprendido por Orna Donath una investigadora de la Universidad Ben Gurion, sobre un conjunto de veintitrés mujeres israelíes, de diferentes clases sociales y con edades comprendidas entre los veintiséis y los setenta y tres años, que manifiestan abiertamente su arrepentimiento por haber sido madres.
 
A pesar de las diferentes ópticas con las que abordan esta problemática en ambos casos subyace el mismo presupuesto que se oferta más como reivindicación que como análisis científico: el derecho de las mujeres a decidir y optar por la no maternidad, a abandonar el rol que tradicionalmente la sociedad les ha asignado como madres y afirmar su propia identidad como seres humanos completos.
 
Naturalmente, si esto fuera todo yo tendría muy poco que añadir, salvo, evidentemente , sumarme con entusiasmo y sinceridad a la proclamación de lo que hoy nos parece un derecho elemental: la libertad de cada ser humano para elegir el modelo de vida que mejor satisfaga sus deseos y necesidades. Pero esta es sólo una parte de la historia y, en mi opinión, la menos interesante.
 
Vaya por delante, para tranquilizar las trémulas conciencias de los ayatollah de la corrección política, que no es mi intención impugnar las conclusiones de las autoras que se desenvuelven en un ámbito de discusión distinto del que yo pretendo suscitar aquí. Quiero también afirmar explícitamente que comparto muchos de los supuestos en los que se fundamentan tanto la malhadada experiencia de María Fernández Miranda como la investigación de Orna Donath.
 
 Ciertamente, traer hijos al mundo es una tarea muy costosa, especialmente para las mujeres; en primer lugar ocasiona un considerable incremento del gasto que en ocasiones ha de asumirse en solitario dado el alto índice de siniestralidad matrimonial con el que hoy convivimos, interrumpen  en muchas ocasiones la carrera profesional y las perspectivas vitales de muchas mujeres que han de comprometer su tiempo y su esfuerzo en el cuidado de los hijos, las gratificaciones emocionales están claramente mitificadas porque rara vez alcanzan el nivel de las expectativas no satisfechas, y efectivamente existe una enorme presión social sobre el género femenino-especialmente por las propias mujeres-para procrear y ser madres.
 
Lo que esto significa es bien evidente: si en esta cuestión nos comportáramos de manera racional, ponderando las ventajas e inconvenientes de nuestra elección, valorando con la fría y desapasionada técnica que nos proporciona un árbol de decisión, confrontando el activo con el pasivo del resultado elegido, entonces es harto probable que en muchos casos, muchos más de los que imaginamos, dado que los costes superan ampliamente a los beneficios que individualmente se obtienen con la procreación, las mujeres-pero también los hombres-optarían por la no maternidad y la no paternidad.
 
Pero este es, justamente, el único resultado prohibido por la inviolable ley de la evolución que nos impone como especie el imperativo inderogable de la reproducción. Todos nosotros estamos aquí con un único propósito: continuar, aportar descendencia para perpetuar nuestro desarrollo evolutivo. Las leyes de la biología son inmunes a cualquier canto de sirena, tanto si proceden de las melodiosas plegarias de nuestros templos, como de las embravecidas entonaciones de nuestros “sagrados” valores constitucionales.
 
Por eso, en última instancia, la respuesta a la pregunta que formulábamos ha de ser necesariamente negativa. La maternidad no es-aunque pueda concebirse como-una opción. Y no lo es porque el ser humano no puede decidir caprichosa o discrecionalmente acerca de su propia reproducción. Estamos, de alguna forma, condenados a perpetuarnos porque nos lo imponen las leyes biológicas que nos crearon y que crearon el mundo y el universo tal como lo conocemos. Se trata de una materia sobre la que los seres humanos, sencillamente, no podemos disponer.
 
Y por ende, tampoco las mujeres pueden decidir libérrima y colectivamente sobre su maternidad. Las hembras en todas las especies, y también en la nuestra, son las depositarias de la continuidad de la vida y de la especie. En esa medida, la biología es el destino de las mujeres y también de los hombres. Como especie carecemos de alternativa.
 
Este imperativo biológico no es incompatible con la elección individual, esporádica y aislada.
No hay ninguna razón, más allá de los tabúes y mitos culturales que deben ser superados, por las que algunas mujeres no puedan decidir voluntariamente no ser madres. Pero se tratará de una elección minoritaria y poco significativa. Preguntémonos qué sucedería si una mayoría de mujeres decidiera optar por la no maternidad desvinculándose así de la procreación. El equilibrio de la especie se alteraría y con mucha probabilidad nos hallaríamos ante el umbral de la extinción. Y esta es precisamente la razón por la que la sociedad colectivamente, por mucho que le duela a nuestras autoras, ejerce una presión difícilmente superable para contribuir al mantenimiento del equilibrio evolutivo.
 
Frente a la biología no hay opciones ni derechos. Tenemos que aceptar las limitaciones de la especie a la que pertenecemos. Somos parte de algo más grande: de un conjunto de leyes y regularidades físicas que crearon el universo y el mundo que habitamos. Tenemos tendencia a impugnar todo aquello que no controlamos, pero aquí asoma de nuevo la vieja falacia del dominio de la voluntad sobre la naturaleza que nos legó la ambigua dialéctica de la ilustración. Pero esta es otra historia, que en algún otro momento habrá que relatar……
 
 
 
 


Lunes, 7 de Agosto 2017