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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




ESTADISTAS Y GOBERNANTES

A finales de mayo de 1940 el Cuerpo Expedicionario Británico ( BEF) destacado en el norte de Francia se encontraba en una situación desesperada: cercado en una estrecha franja de terreno en torno al puerto de Dunkerque, sus 300.000 hombres integraban un ejército completamente desmoralizado que, después de innumerables derrotas y retiradas, sólo se mantenía en pie por la esperanza de una rápida evacuación que pusiera fin a toda aquella interminable pesadilla. Las posibilidades de evitar la aniquilación eran muy escasas porque no había ninguna fuerza de resistencia eficaz que se interpusiera entre el mar y la poderosa maquinaria bélica alemana.
 
Sin embargo, pese a todos los augurios negativos se obró el milagro: 330.000 soldados británicos y franceses fueron evacuados desde los muelles de Dunkerque a los puertos del sur de Inglaterra en poco más de una semana evitando una humillante capitulación y permitiendo a Inglaterra continuar en la lucha. Pero Dunkerque no fue una victoria militar. De hecho, constituye una de las mayores catástrofes militares sufridas por el ejército británico a lo largo de su historia. Y sin embargo, paradójicamente, fue allí entre las ruinas de unos muelles incesantemente bombardeados, en los cráteres de arena de unas playas arrasadas por la aviación alemana, donde se fraguó la leyenda del "espíritu de Dunkerque".

Ese fue el comienzo del largo y tortuoso camino hacia la victoria final. Y su artífice fue un viejo aristócrata británico que tenía el imperio en el corazón y el resto del mundo en su cabeza. Winston Churchill proporcionó al pueblo británico en aquellos difíciles tiempos una identidad colectiva forjada en la resistencia frente a la tiranía que convertía a cada ciudadano del Reino Unido en un héroe anónimo en la difícil lucha por la supervivencia. Así se construyó el "espíritu de Dunkerque" al que después sobrevendría la leyenda de "Los Pocos", " The Few", los héroes de la batalla de Inglaterra, los jóvenes pilotos de la RAF.

Winston Churchill fue, por encima de cualquier otra consideración, un extraordinario estadista, uno de esos personajes que en ocasiones la historia tiene la galantería de brindarnos cuya indomable voluntad se sobrepone a cualquier circunstancia marcando el rumbo de su tiempo en las coyunturas más críticas. Inglaterra tuvo la fortuna de encontrar a Churchill cuando más lo necesitaba: en medio de una gigantesca tormenta que amenazaba la existencia misma de la nación británica.

Churchill estaba adornado con todas las venerables cualidades de los grandes hombres de estado: dotado de una abrasiva e irrefrenable personalidad se abría paso a grandes zancadas entre los bastidores de la protocolaria y jerarquizada sociedad británica para generar el caos en aquella burocratizada forma de entender el gobierno, pero era un caos creativo, el desorden que precede a un nuevo orden. Tenía el don de los grandes creadores: todo era posible, no había ningún obstáculo que no se pudiese sortear: ya se tratara de los tanques en El Alamein, los generales reacios a cumplir sus órdenes, las menguantes finanzas británicas o las disensiones del propio gabinete. Su manera de entender el mundo estaba imbuida de la misma grandeza del imperio en que había sido educado: su carácter no estaba hecho para adaptarse a la mansedumbre y no era un hombre para lidiar con medianías. La sabiduría del pueblo británico lo entendió perfectamente: al terminar la guerra fue relegado al museo de la historia; Clement Attlee , aquel insípido funcionario laborista, era más adecuado para gestionar la paz.

Lucía también, ostentosamente, aquellos defectos que la mediocridad vulgar de quien carece de grandeza jamás perdona: era descaradamente imprudente, de una impetuosidad que en ocasiones rozaba lo temerario, jamás se arredraba frente a una dificultad por enorme que fuese; de una impaciencia legendaria se desesperaba con aquella legión de funcionarios que restringían la eficacia de sus órdenes y se mostraba implacable frente al menor atisbo de negligencia o dilación. Pero fueron precisamente sus defectos, incluso más que sus virtudes, los que salvaron a Inglaterra en aquella coyuntura crítica.

Lo que la historia de los pueblos nos enseña es que en determinados momentos muy singulares, cuando lo que está en juego es el destino de la nación o la supervivencia del modo de vida de quienes la integran, cuando el curso ordinario de la vida se altera por la irrupción de un acontecimiento extraordinario, entonces ha terminado el tiempo de los gobernantes, que deben ceder el protagonismo de la escena a los verdaderos estadistas. La grandeza de una nación consiste en advertir la secuencia del proceso y encontrar la personalidad adecuada.

Hoy nuestro país se enfrenta a un dilema que merece el calificativo de histórico porque su resultado dejará una huella durante generaciones en nuestro destino como nación. La crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña marcará un hito en nuestra historia compartida porque afecta no sólo a la integridad territorial del Estado, sino al conjunto de los valores que defendemos, de los fundamentos de nuestra convivencia y del proyecto que albergamos para nuestro futuro. En el horizonte se vislumbran la emergencia de las nuevas fuerzas sociales y del nuevo orden económico que está germinando.

Comprender la naturaleza profunda de este fenómeno, que excede con mucho la reivindicación nacionalista de una identidad propia, entender que nos hallamos en el umbral de, por así decir, un cambio "tectónico" de época, en cuyo contexto la emergencia nacionalista es sólo un síntoma, significativo pero menor, de la transformación histórica en la que estamos inmersos es sólo la primera condición para superar la estrechez de miras con la que se está abordando, desde el gobierno de la nación, el denominado "desafío soberanista".

Acostumbrado a navegar en aguas seguras al gobernante, a diferencia del estadista, le basta con conducirse con la prudencia habitual de un hábil administrador, de un mero gestor diligente. Su utillaje es bien sencillo. No precisa del talento creativo, de la visión panorámica e innovadora de quien está obligado a adentrarse en un territorio desconocido. El gobernante encuentra en la ley su patria y en la burocracia su hogar. La previsibilidad y la prudencia son las virtudes supremas del administrador. Rehuye la incertidumbre y aborrece la inestabilidad que genera todo cambio. Su credo es exclusivamente normativo e invoca la legalidad como el único y cerrado universo de su existencia.

Es el modelo ideal de las clases medias, de los hombres y mujeres sencillos, del ciudadano de a pie, del individuo perfectamente normalizado. Es la quintaesencia de la mediocridad convertida ahora, mediante una especie de alquimia democrática, en el principio rector de la vida pública. "Soy uno de vosotros", podría ser el slogan publicitario de muchos de nuestros representantes en las instituciones públicas si no fuera porque de tanto usarlo ha quedado desgastado y desprovisto de todo contenido significativo.

Sin embargo, si el modelo goza aún de cierto predicamento es sencillamente porque funciona. Más precisamente, en las situaciones de normalidad institucional, cuando no hay ningún acontecimiento, del signo que sea, que agite el curso ordinario de la vida el gobernante no precisa de otro talento que aquel que Max Weber exigía a sus "héroes" ideales: austeridad, disciplina y ciega obediencia a la ley.

Sólo necesitamos un piloto experimentado cuando las aguas no discurren por el cauce que habíamos previsto. Los puntos de ebullición, los sobresaltos de la historia que no estaban en el guión, los momentos de cambio y revolución que van acompañados de una especie de "explosión creativa", exigen un liderazgo carismático que va mucho más allá de las formas tradicionales de ejercicio del poder. Es un tiempo para la innovación, es la hora de los grandes creadores dotados de una aguda intuición, ese momento de "imaginación exacta" con el que el mundo avanza por nuevos derroteros.

La profunda fractura social que se ha producido en Cataluña constituye uno de esos episodios de la historia que nos alertan de un decisivo cambio de rumbo. Nos encontramos frente a un nuevo "horizonte de sucesos" en el que los modos tradicionales de gobernar mediante los instrumentos de la racionalidad legal resultan abiertamente insuficientes.

La amenaza del estricto cumplimiento de la legalidad es una respuesta equivocada. Pertenece al capítulo de las malas soluciones que empeoran los problemas. Cuando lo que la ciudadanía cuestiona masivamente es, precisamente, esa legalidad que se incumple, el remedio no puede consistir en aplicar dosis adicionales de la misma medicina.

Lo que necesitamos es reinventar el comienzo, una nueva perspectiva que inaugure un tiempo nuevo para abordar la grave crisis territorial del estado con la suficiente flexibilidad, determinación y voluntad de diálogo capaz de revertir, como sucedió entonces, la triste retirada de las arenas de Dunkerque en el ilusionante proyecto de un destino compartido. Lo que, en definitiva, necesitamos es un nuevo Churchill. Desgraciadamente lo que tenemos es un registrador de la propiedad y una abogada del estado.


Lunes, 25 de Septiembre 2017

EL DÍA DESPUÉS

Hace ahora tres años, con motivo de la celebración de la Díada del 11 de septiembre de 2014, escribí un artículo en El Periódico de Catalunya en el que bajo el título "Quo vadis Catalunya?" advertía respecto de la peligrosa deriva que estaba adquiriendo el proceso de secesión soberanista, deslizándose en una espiral de enfrentamiento creciente con el Estado que de prolongarse sólo podría concluir, fuere cual fuere su resultado, con una profunda y trágica fractura del conjunto de la sociedad civil.

Desgraciadamente, desde entonces la siniestra sombra de los peores vaticinios ha ido perfilándose hasta adquirir el contorno de una inevitable confrontación, cuyas secuelas se prolongarán durante un tiempo que ahora no podemos calcular.

Cómo se ha llegado hasta aquí, es la historia tantas veces contada de las descontroladas pasiones humanas agitadas en el caótico magma de las emociones primitivas de la sangre y la tierra, del poder de la identidad y de la necesidad de pertenencia, esos impulsos biológicos que nos enraízan en nuestra existencia, pero también es el producto de una historia en ocasiones conflictiva, de un imaginario social victimizado plagado de agravios largo tiempo silenciados, de la inevitable tensión entre el centro y la periferia en el costoso proceso de construcción de la identidad nacional, de dos modos de estar en el mundo que nunca alcanzaron una simbiosis armónica.

El nacionalismo catalán fue siempre, y lo sigue siendo en la actualidad, un fenómeno de carácter marcadamente económico. La identidad nacional catalana se configuró desde el comienzo, en los orígenes del Estado español, bajo la hegemonía de la pequeña burguesía urbana de las grandes ciudades en torno a las élites industriales y comerciales que defendían una visión del mundo tolerante y liberal, similar a sus homónimos europeos. Una ética del trabajo y del esfuerzo individual que armonizaba con el orden calvinista que se imponía en el conjunto de Europa. En ese sentido tenían poco que ver con sus compatriotas del resto de España educados en la rigurosa tradición del catolicismo tridentino, con ese acento salvífico y redentor que proclamaba la solidaridad de los iguales en el mítico Reino de los cielos.

En alguna medida tiene razón César Molinas cuando identifica el problema de Cataluña como el encaje de una nación del norte en un país del sur. Esta matriz geográfica y cultural que nos remite a imaginarios antagónicos sintetiza de manera muy gráfica algunas de las más agudas incomprensiones y ácidos desencuentros entre el Estado español y los ciudadanos de Cataluña.

El nacionalismo catalán no es un nacionalismo étnico. Su Bildung no se nutre de la sacralización de los valores profanos de la sangre y la tierra, del destino común o de la historia compartida. Ni siquiera el idioma nacional es el elemento que vértebra su núcleo identitario y reivindicativo. El catalán fue siempre la lengua oficiosa-hasta convertirse en oficial- en el territorio y ha convivido con el castellano en una armonía social que ni siquiera episodios aislados han logrado fracturar.

La identidad de Cataluña como nación, la emergencia de un pueblo que aspira a constituirse en un estado, se ha erigido por las élites políticas de la burguesía catalana sobre la base de la singularidad de ese peculiar carácter nacional que les distinguía del resto de los ciudadanos del Estado: la ética protestante del trabajo, esa contabilidad de la recompensa y el castigo, la jerarquía calvinista que premia el esfuerzo individual y condena la pereza y la indolencia de los menesterosos.

Lo que una mayoría significativa de la sociedad civil en Cataluña plantea hoy al resto de los ciudadanos del Estado es, en gran parte, una actualización de estos principios. Quieren cambiar, por decirlo así, el contrato de asociación con el resto del Estado, su relación de equivalencia con el Estado español. La ecuación de canje entre Cataluña y el resto del Estado que diseñaron los protagonistas de la transición de 1978 se ha tornado insatisfactoria e insuficiente, porque también se han alterado bruscamente las condiciones globales de la economía y los consensos éticos de la época keynesiana. La quiebra de los grandes relatos ha dejado al descubierto el lado oscuro de las virtudes morales. Muchos catalanes han comprendido, como tantos otros, que también hay un momento perverso en la solidaridad y están cansados de soportarlo. Y yo no me atrevo a censurarles por ello.

Lo que resulta altamente cuestionable es si ese legítimo anhelo de equilibrar la balanza de una solidaridad periclitada debe necesariamente envolverse en una bandera y articularse bajo la égida de un Estado propio. Yo no lo creo, quizás porque no soy nacionalista y carezco por completo de ese sentimiento de pertenencia identitaria. Pero comprendo algunas de las razones de quienes no están cómodos en un país que arrastra el pesado lastre de unos déficits históricos de los que no hemos sido capaces de desprendernos.

En todo caso, el haber llegado hasta aquí es el índice de un gran fracaso colectivo cuyos responsables no están sólo en Cataluña. Me pregunto cuántas veces habrán lamentado los responsables del Estado el haber despachado con un sonoro portazo las razonables peticiones económicas del Gobierno de la Generalitat para equilibrar la balanza fiscal con el resto del Estado. Y si no lo han hecho, entonces al cargo de inconsciencia e ingenuidad política ha de añadirse el de estulticia.

La espiral secesionista del desafío catalán no terminará el uno de octubre, se celebre o no el referéndum anunciado. Lo que está en juego en Cataluña no es, tan sólo, la unidad del Estado. El resplandeciente fulgor del nacionalismo ensombrece el antagonismo entre dos modos de estar en el mundo, entre dos cosmovisiones que no han logrado conciliarse definitivamente, que no han alcanzado nunca nada más que un precario equilibrio inestable.

Por eso, el problema del soberanismo catalán no tiene una solución jurídica. No es un problema normativo, sino axiológico. Desde la atalaya del independentismo Cataluña interpela al resto del Estado sobre nuestro modelo de convivencia, acerca de los valores que compartimos, de los principios que nos inspiran y de los proyectos que albergamos para nuestro futuro.

Muchos compartimos el guión aunque no nos gusten ni los protagonistas ni el escenario. Estamos en el albur del florecimiento de una nueva etapa: la revolución digital ha traído consigo una nueva variante del individualismo, más autónoma y consciente, menos egoísta que la versión original del siglo XIX. Un individualismo que se fundamenta en el altruismo recíproco, que está en la base de nuestra naturaleza evolutiva.

Lo que esto significa es que nuestros viejos anclajes morales, los contenidos semánticos de nuestros mandatos éticos, la idea de la virtud y el orden, de la solidaridad y de la igualdad, de lo público y lo privado, del Estado y del individuo han de reconfigurarse nuevamente en correspondencia con nuestro nuevo horizonte hermenéutico.

La crisis institucional que ha abierto la iniciativa del referéndum convocado por el Gobierno de la Generalitat resulta ser también, paradójicamente, una oportunidad para un nuevo comienzo. Desde luego, para reequilibrar conforme a las pautas acuñadas de un renovado concepto de solidaridad, la ecuación de canje entre Cataluña y el Estado español, pero también debe representar un aldabonazo para desembarazarnos definitivamente de ese lastre de paternalismo cavernario que, cubierto con el almidonado ropaje de una solidaridad perversa, ha sido tradicionalmente instrumentalizado por nuestros gobernantes para manipular la sociedad civil con el exclusivo fin de permanecer alojados en las esferas del poder.

Resulta urgente ofrecer a los catalanes y al resto de los españoles un proyecto colectivo ilusionante en el que el todo sea algo más que la suma de las partes y en el que cada uno de los participantes se sienta orgulloso de contribuir. Cualquier ciudadano de Oregón, Illinois o California se identifica en primer lugar y por encima de todo como norteamericano, porque la pertenencia a una nación común le hace sentirse más fuerte y más seguro. Ésa es la tarea que hemos de emprender entre todos a partir del día dos de octubre.


Martes, 12 de Septiembre 2017