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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




ES EL FUTURO, ESTÚPIDO

En la campaña para las elecciones presidenciales norteamericanas del año 1992 el triunfal, altivo y arrogante presidente George H.W., Bush se enfrentaba a un joven y desconocido gobernador de Arkansas sin más experiencia política que el gobierno de un estado cuya población total es menor que la del barrio de Queens en Nueva York.

Bill Clinton era por entonces poco más que el prometedor y ambicioso candidato de un partido demócrata que seguía inmerso en el reflujo derrotista que había inaugurado la revolución conservadora de Reagan a principios de los años ochenta. Según la mayoría de analistas sus posibilidades de triunfo eran mínimas frente a un presidente que tanto había contribuido a restaurar el prestigio de los Estados Unidos en la victoriosa "Guerra del Golfo". Y sin embargo, contra todo pronóstico, Clinton se alzó con la victoria. ¿Cómo pudo suceder?.

El éxito de la candidatura de Clinton tuvo mucho más que ver con los errores cometidos por el partido republicano y la torpeza de sus líderes que con los méritos contraídos por un desconocido gobernador de un pequeño estado del Medio Oeste. Frente al relato epopéyico de una grandeza restaurada mediante una guerra victoriosa enarbolado por Bush y los republicanos, los demócratas volcaron su campaña en las preocupaciones cotidianas de la clase media americana, en la incertidumbre del empleo y la amenaza de la recesión, en la pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento de los precios, en las dificultades de acceso a vivienda y los problemas de asignación de los distritos escolares, en la precarización de la sanidad y el deterioro de las infraestructuras públicas.

Conectaron con el sentir del imaginario colectivo de la nación mediante una fórmula que, desde entonces, se ha acuñado como el paradigma de la ceguera política y del error de diagnóstico: "Es la economía, estúpido". Y fue la economía la que aupó a Clinton a la presidencia, porque eran los problemas domésticos y cotidianos de la mayoría de los estadounidenses los que constituían el anhelo de sus preocupaciones y por lo que estaban dispuestos a apostar por una candidatura hasta entonces desconocida.

Algo similar está ocurriendo en nuestro país con la crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña. Los acontecimientos que se han sucedido desde la celebración del fallido referéndum del uno de octubre evidencian la incapacidad del gobierno de la Nación para entender los profundos movimientos tectónicos que están sobredeterminando la erupción de las reivindicaciones soberanistas.

El independentismo catalán es un fenómeno complejo que no se ajusta a la descripción simplificada con los gruesos trazos del nacionalismo clásico. La emergencia de la reciente conciencia nacional en Cataluña se entiende mucho mejor como la síntesis dialéctica de un conjunto yuxtapuesto de fuerzas y factores característicos de la nueva sociedad digital, recubiertos por una fina y cada vez más debilitada capa de una historia reescrita en clave de agravios. En este nuevo escenario lo que cuenta no es la simbología de la lengua y la bandera. Lo que está en juego es la construcción de una identidad diferenciada en la sociedad global, un sentimiento de pertenencia no "euclidiana", sino de geometría variable: no hay un sólo vínculo que nos una y nos defina se llame clase, tierra o lengua.

Bajo el ropaje del fervor soberanista se cobijan un conjunto de sentimientos, emociones e intereses cuya matriz no es la nación, aunque sea el relato nacionalista la narración que les confiere un sentido unificado. La necesidad de contar con una voz que sea escuchada-el incombustible "queremos votar"-compartido de forma abrumadoramente mayoritaria por la sociedad catalana sea o no independentista, pone de manifiesto la aparición de un nuevo sujeto político que ha hecho posible la sociedad digital de la comunicación en red: el individuo constituido en ciudadano, autónomo, titular de derechos políticos que no quiere delegar en ningún mandatario o representante porque puede ejercerlos soberana y personalmente y está dispuesto a hacerlo.

Muchos catalanes consideran la pertenencia al estado español como un formidable corsé que paraliza cualquier iniciativa de cambio, que vincula el destino de Catalunya a una España cuya imagen refleja el rostro de aquella hidalguía castellana anclada en un pasado mítico de tradición, religiosidad y oscurantismo, del interminable folclore del sur con la ética hedonista que caracteriza a sus habitantes y su impenitente condición de acreedores de la existencia. El relato nacionalista vértebra también la esperanza de alcanzar una modernidad sin los lastres de un estado rezagado, plagado de pedigüeños y adicto a una solidaridad perversa.

La Jefatura del Estado y la tradición de una monarquía históricamente asociada con las élites más conservadoras de la nación, se opone a una república catalana independiente entroncada con la modernidad y abierta al mundo. Es el relato sugerente de un futuro numinoso, frente al mundo castizo de la Castilla casposa y eterna.

El independentismo ha conseguido bordar en el imaginario de la sociedad catalana un relato sugerente y emotivo vinculado a la promesa de un futuro que está amaneciendo en el presente de la sociedad digital, vertebrado en torno a la idea de una nación nueva que representa no solo, ni principalmente, una comunidad política soberana; un estado en el que hacer posible el viejo anhelo de emancipación nacional empoderando al individuo-ciudadano como rector de su propio destino.

Frente a este universo de emociones, esperanzas y sentimientos el estado central sólo ha sido capaz de articular la prosaica respuesta de un leguleyo sin imaginación. Los anclajes de la ley no apelan a las emociones sino a la racionalidad, de ahí su nula capacidad de movilización. En la cambiante dinámica de las emociones la legalidad, cuando pretende trazar las fronteras, sólo suscita rechazo. Captar esa secuencia y actuar consecuentemente es lo que distingue a un estadista.

La consecuencia de la aplicación estricta de la ley no puede ser otra que el ejercicio de la violencia, cuyo monopolio legítimo lo ostenta el estado. Hace treinta años el binomio causa- efecto funcionaba como una maquinaria bien engrasada. En la sociedad digital aparecen contradicciones contrafácticas. La utilización de la violencia es ineficaz y contraproducente cuando no está articulada en un relato que la legitime; es lo que sucedió el pasado uno de octubre. La desafortunada intervención policial, lejos de encapsula la protesta, multiplicó sus efectos suscitando una oleada de insurrección popular, difícil de contener sin costes adicionales.

La torpeza de las autoridades del estado central ha añadido una mueca más en su largo rosario de desaciertos: la inoportuna intervención del jefe del Estado culpabilizando en exclusiva al gobierno de la Generalitat y reprochándole tozudamente el sempiterno incumplimiento de la legalidad, como si se tratara de un Rubicón infranqueable, cuando hace mucho que la legalidad ha dejado de ser una barrera contra las protestas populares, no sólo constituye un grave error de estrategia, sino que, con toda probabilidad, arrastrará a la corona al terreno de la confrontación política, un escenario muy resbaladizo para una institución que ha agotado el escaso crédito que le restaba. Es una muestra más de que viven en un mundo que ha desaparecido.

Nos ha tocado vivir en un mundo líquido de geometría variable, en donde la idea de permanencia es poco más que la efímera transición de un instante a otro. Las coordenadas económicas y sociales por las que se han regido las sociedades occidentales en los últimos cincuenta años, sencillamente han desaparecido o están en trance de desaparición. Las ubicuas redes sociales han invalidado el concepto de representación y han alterado para siempre los modos de participación de los ciudadanos en la vida pública. Del mismo modo el mundo global ha trastocado los conceptos de identidad y pertenencia, la naturaleza de la sociabilidad y el concepto mismo de lo individual.

Este es el horizonte de futuro en el que ya estamos viviendo. Gobernar significa más que nunca entenderlo con una mentalidad abierta, en permanente disposición de aprender. Sencillamente, no es posible comprender la dinámica de la sociedad de la información con la mentalidad tabular de un funcionario del registro.


Miércoles, 4 de Octubre 2017