Menu
Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




DESDE ESPAÑA PARA CATALUÑA CON AMOR

Cuando escribo estas líneas la Generalitat de Cataluña ha sido virtualmente desmantelada por la intervención del Gobierno Central y su máximo órgano ejecutivo-el Govern-encarcelado, a petición de la Fiscalía General del Estado, por la orden de una jueza de la Audiencia Nacional. La crisis gestada desde hace tanto tiempo, finalmente, se ha precipitado hacia el peor escenario posible.

Algunos están de enhorabuena. Para un sector de la sociedad española, encabezado por el gobierno y sus partidos satélites, sencillamente, se ha restablecido la legalidad y se ha impuesto el estado de derecho. Junto a ellos, con ellos o entre ellos, se cuentan los custodios del alma nacional, los incondicionales de esa España taurina y rociera, anclada en la distorsionada mística de un ancestral orgullo nacional aderezado con el fervor patriotero del aislamiento cultural y cobijado en una patética indigencia intelectual.

Su horizonte ya no pertenece a este mundo. Viven en un pasado para siempre perdido pero anidan, cómodamente instalados, entre los pliegues aterciopelados de una solidaridad perversamente administrada en beneficio de las élites políticas emanadas del régimen que alumbró la constitución de 1978. No podrán representar ningún papel político significativo en el futuro, pero como ha sucedido en demasiadas ocasiones en el pasado, dificultarán, retrasarán y obstaculizarán el inevitable proceso de cambio.

En realidad, tienen poco que festejar. Si la amargura del rencor y la densidad de su ignorancia-no acierto a vislumbrar en qué proporción-no hubieren nublado su juicio serían conscientes de las oscuras fuerzas que han desatado y de cuán problemático resultará conjugar los viejos demonios azuzados por la caja de Pandora del nacionalismo identitario. Pasará mucho tiempo-quizá generaciones-antes de que puedan restañarse las heridas abiertas en el frágil cuerpo de una sociedad civil vertebrada en torno a consensos trabajosamente alcanzados, ahora definitivamente volatilizados.

Con la intervención de la Generalitat concluye también la vigencia de la estructura política e institucional diseñada en los albores de la transición y consagrada en la constitución de 1978. La crisis que ha desatado el desafío soberanista en Cataluña no se limita a cuestionar la organización territorial del Estado, por más que este haya sido, inicialmente, su efecto más visible.

Lo he dicho cada vez que he tenido ocasión de pronunciarme al respecto, y en este momento crítico es necesario enfatizarlo con mayor intensidad aún: la reivindicación nacionalista en Cataluña es tan sólo un síntoma, y no el más significativo, del profundo movimiento telúrico que agita las pautas de comportamiento y los modelos de convivencia forjados por las sociedades occidentales en torno a los consensos básicos anteriores a la era digital.

El advenimiento de la sociedad digital ha subvertido definitivamente el orden político tradicional y en particular las rígidas estructuras de representación política y mediación institucional. Ha aparecido un nuevo sujeto político: el individuo-ciudadano que, empoderado tecnológicamente, reivindica una nueva forma de legitimación en el ámbito de la esfera pública, en ocasiones mediante el ejercicio directo de alguna forma de participación, pero con mucha mayor frecuencia lo que ello entraña es una alteración sustancial de los mecanismos de control y responsabilidad de los representantes, mediante fórmulas de revocación de mandato y fiscalización continua.

Además de esta crisis general del sistema de representación, consecuencia directa de la revolución tecnológica, en nuestro país convergen circunstancias adicionales que producen una aceleración de los efectos disolventes de las estructuras políticas tradicionales: el cambio generacional coincidente con la crisis económica y el agotamiento de un modelo institucional diseñado por los protagonistas de la transición; un pacto muy oportuno en su momento pero cuyos efectos se han ido diluyéndo al compás que languidecía la generación que lo alumbró.

En este contexto la habilidad del nacionalismo soberanista ha consistido en unificar en un relato en clave territorial las tensiones sociales, económicas y generacionales de sectores crecientes de la sociedad catalana, cuya identidad resultaba amenazada por la creciente incapacidad del sistema para integrar a las nuevas cohortes de jóvenes que han descubierto que el consenso en que fueron educados sus padres-la promesa de recompensa si se cumplen las reglas-se había quebrado unilateralmente. El nacionalismo les ha proporcionado una causa por la que luchar y una Arcadia con la que soñar.

Para quienes no hemos sentido nunca el latido del nacionalismo, ni hemos vibrado de emoción al oír los compases del himno nacional, ni se nos ha encogido el corazón al contemplar la bandera flameando al viento, nos resulta difícil comprender la apasionada simbología y la arrebatadora fuerza de la identidad nacional. Sinceramente no empatizo con el nacionalismo. No soy capaz de experimentar el arrobamiento romántico de aquellos a los que se les llenan los ojos de lágrimas escuchando un himno u ondeando una bandera. Me encuentro mucho más próximo a cualquier ciudadano de Londres, París, New York o Francfort que comparte mi visión del mundo, mis valores o mi estatus económico y cultural, que algún vecino o compatriota ajeno a mi mundo, aunque hable mi idioma, viva en mi ciudad y se llame Juan, Pedro o Antonio.

Y sin embargo, como demuestra el fenómeno independentista en Cataluña, sería un error, amén de una grave irresponsabilidad, desdeñar el potencial de la fuerza y el poder de la identidad nacional para catalizar en un relato coherente y unificado, esa especie de primigenio caldo emocional en el que conviven emociones, sentimientos e intereses, sin otra armonía común que un profundo rechazo a la adaptación, a la pertenencia e inclusión en un mundo que se ha vuelto demasiado estrecho para acoger a los descontentos.

Por eso el nacionalismo identitario no puede ser comprendido con las categorías clásicas de la política tradicional. Es un fenómeno transversal que difumina las fronteras económicas, sociales y de clase. El magnetismo de su atracción reside en la negatividad de su discurso. Hay una única respuesta para todos los descontentos, para todos aquellos que han sido defraudados por la promesa incumplida de un lugar bajo el sol: la construcción de un Estado propio como expresión de la identidad nacional. El nirvana es la patria anhelada que nos redime de cualquier sacrificio pasado.

Se trata de un postulado axiomático, no de una verdad científica. Por eso resulta inmune a cualquier refutación. Pero paralelamente al contenido emocional de esta épica narrativa también discurre un momento racional, un contenido de verdad: es un índice del agotamiento del sistema institucional y de su empeño en perpetuarse más allá de su funcionalidad histórica. Prolongar la vigencia de un armazón institucional inoperante sólo hará más larga la agonía. Y aunque el panorama es sombrío y no se vislumbran muchas razones para la esperanza es quizás en este momento, cuando ha llegado la hora de perseverar, aún nadando contracorriente, en una esperanza que, como sostenía Benjamín, sólo se justifica por amor a los desesperados. Pero esa puede ser una razón suficiente. Por amor a Cataluña.



Lunes, 6 de Noviembre 2017