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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




 A VUELTAS CON LA RESURRECCIÓN

El misterio de la resurrección de Jesús de Nazaret, por utilizar una expresión teológica, se ha erigido desde los comienzos mismos de la fe cristiana en una cuestión tan controvertida y polémica como sustancial para la expansión y ulterior consolidación de una religión que se vértebra sobre la singularidad de la muerte y posterior resurrección de su fundador. La razón de ello estriba tanto en la excepcionalidad del acontecimiento-la resurrección es un suceso físico científicamente imposible- como en la cualificación de su estatuto teológico configurado como "conditio sine qua non" por Pablo de Tarso en su memorable Carta a los Corintios "si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (15,17).

Durante mucho tiempo la corriente dominante de la teología oficial ha rehuido de uno u otro modo tan resbaladiza cuestión, bien incorporando implícitamente la teología de la Cruz al corpus académico-el Cristo ya resucitado-, o bien cartografiando la vida y obra de Jesús de Nazaret como un excepcional testimonio de sacrificio que culmina en el Gólgota con su muerte física, pero sin extenderse más allá. Buen ejemplo de ello es la ortodoxa pero rigurosa y honesta biografía de Joachim Gnilka , un teólogo católico intelectualmente exigente que concluye su monumental obra afirmando que "la resurrección no forma parte de la historia terrenal de Jesús de Nazaret ".

Ninguna de esas respuestas resulta satisfactoria porque dejan irresuelta una cuestión que ha adquirido una centralidad ontológica irrenunciable para la pertinencia de la fe inspirada en la vida y en las enseñanzas del maestro de Galilea . No se trata sólo del "dictum" epistolar de Pablo; todo el formidable andamiaje de la religión cristiana reposa en primera instancia en el asombroso acontecimiento de la resurrección que confiere un significado cualitativamente distinto a la vida y obra del Jesús de la historia.

Abordar esta temática y hacerlo sin las proselitistas anteojeras de la fe y sin destilar la proverbial beligerancia de un trasnochado agnosticismo impregnado de un desdén intelectualmente barnizado, no es tarea fácil. Por eso resulta muy meritoria la obra de Javier Alonso "La resurrección. De hombre a Dios", por ese riguroso equilibrio en la exposición de los hechos que no pretende arrebatar la fe a nadie sino certificar los brumosos acontecimientos que tuvieron lugar en la Palestina del siglo primero en torno a la figura de un profeta judío apocalíptico que, en aquel contexto singular, se convirtió en una figura divina.

La creencia en la resurrección de Jesús de Nazaret se ha cimentado en dos tradiciones diferenciadas: en primer lugar los diversos testimonios que nos han legado el conjunto de libros conocido como Nuevo Testamento, particularmente las cartas de Pablo y los evangelios canónicos. La segunda línea narrativa se sustenta en el denominado “final breve” del evangelio de Marcos y es de índole básicamente negativa porque infiere la resurrección desde la contemplación del sepulcro vacío.

Las cartas de Pablo de Tarso redactadas entre quince y veinte años después de la muerte de Jesús, y dirigidas a diversas comunidades de creyentes, constituyen la fuente de información más antigua relativa a la resurrección de Jesús de Nazaret. De entre todas ellas, es la primera carta a los Corintios la que contiene una mención específica al hecho de la resurrección y de los diversos testimonios que dan fe del acontecimiento. La comunidad de Corinto había trasladado a Pablo algunas dudas doctrinales y entre ellas las relativas a la resurrección. Ante todo Pablo transmite lo que dice haber recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, que lo hizo según las escrituras, que fue sepultado, que resucitó también según las escrituras y que tras su posterior resurrección "se apareció" a un conjunto de personas, a Santiago, a todos los apóstoles y en última instancia "como un aborto" relata Pablo, a él mismo.

Naturalmente, las referencias de Pablo a "las escrituras" no podían serlo a las escrituras sagradas de la tradición cristiana, esto es los evangelios, porque fueron elaborados en fechas posteriores, sino a las Escrituras de la religión judía, los libros que conocemos como Antiguo Testamento. Pablo se inspiraba en los llamados Cantos del siervo sufriente de Yahvé, un conjunto de textos extraídos del libro de Isaías que relata la historia de un siervo que sufre un conjunto de vejaciones y humillaciones interpretadas como una redención. Es decir, la temática relativa a la muerte de Jesús como un episodio de expiación soteriológico del pueblo judío formaba parte de la tradición en la que se encontraban insertas las primeras comunidades cristianas, de modo que el fracaso de la Cruz puede ahora reevaluarse como el triunfo anunciado en las escrituras . Éste es el criterio narrativo que vincula la condena a muerte de un sedicioso condenado por rebelión con la tradición profética del pueblo de Israel.

Por lo demás, como afirma Javier Alonso "la historicidad de la secuencia de apariciones es, como poco, cuestionable". La presencia de Pablo en esta "cadena de credibilidad" obedece a la necesidad de situarse en el mismo rango profético que los demás líderes de la comunidad cristiana con los cuales competía a la vez que colaboraba en las tareas de evangelización. El testimonio que relata Pablo, utilizando una singular forma verbal griega, hace referencia a una experiencia sin ningún contacto físico, un fenómeno visual similar a la aparición de un ángel lo que confirma más tarde en la segunda epístola a los Corintios escrita aproximadamente el año 57.

En cuanto a los relatos evangélicos lo menos que se puede decir es que ofrecen testimonios plagados de contradicciones. Marcos, el primero de los evangelios sinópticos, recoge en sus primeros ocho versículos la que es probablemente la narración más antigua, haciendo recaer el peso del testimonio en tres mujeres: María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé. Tanto Mateo como Lucas, que conocen la narración de Marcos, introducen múltiples motivos literarios, incorporando la presencia de un ángel, un fenómeno sísmico y eliminando a alguna de las testigos presenciales del relato de Marcos. Incluso Lucas, un evangelista que se inscribe claramente en la tradición helenística, declara su intención de hacer una narración y no de transmitir un evangelio. Juan por su parte incorpora personajes adicionando la presencia de un testigo escéptico-la famosa historia de Tomás el incrédulo-y mantiene como única presencia femenina figura de María de Magdala.

Una segunda línea argumentativa pretende sustentar la autenticidad de la resurrección en la temática de la "tumba vacía". Naturalmente, como afirma Javier Alonso se trata de una argumentación negativa "que quiebra las más elementales reglas de la lógica".Gerd Lüdeman un eminente historiador alemán que ha dedicado una interesante monografía a la resurrección de Jesús de Nazaret se muestra igualmente concluyente: " un sepulcro vacío lo único que acredita es que no hay nadie dentro. No que haya resucitado el cadáver." Sin embargo, paulatinamente el relato de la tumba vacía fue sustituyendo progresivamente a las apariciones como principal argumento para demostrar la resurrección de Jesús. La versión, que se fundamenta en el denominado final breve de Marcos, es sencillamente insostenible, no sólo por el déficit lógico del argumento, sino por las peregrinas sugerencias que se han ido ofreciendo para salvar su manifiesta incongruencia: el robo del cuerpo, el error de las mujeres al identificar la tumba o incluso la supervivencia del condenado y su aparición en un lugar tan remoto como….Cachemira.

El relato de la "tumba vacía" se encuentra más próximo a la fabulación narrativa que a la narración histórica porque entre otras cosas, como apunta Javier Alonso siguiendo la estela de otro eminente historiador, John Dominic Crossan, es harto probable que Jesús de Nazaret fuera enterrado en una fosa común, ya que los sepulcros individuales eran privilegio de personas con un elevado nivel económico, lo que no era el caso de un condenado a muerte por sedición cuyo entierro era asumido por las autoridades.

Como síntesis final, Javier Alonso elabora una propuesta plausible para explicar "el asombroso proceso mediante el cual un sedicioso ejecutado ignominiosamente por los romanos se transformó, en cuestión de unas pocas décadas, en el mesías, el hijo de Dios que había triunfado sobre la muerte". El primer elemento de la explicación es de naturaleza puramente psicológica: la presencia del duelo frente a la muerte y los inherentes sentimientos de culpa y abandono resultaron imprescindibles para que algunas personas-muy probablemente María Magdalena-creyeran que Jesús estaba vivo. Después, ese relato se insertó en la tradición judía de su literatura sagrada, porque Jesús fue ante todo un judío que vivió y predicó en el contexto de la Palestina del siglo primero y sus seguidores justificaron toda su actividad misional recurriendo permanentemente a las citas de la tradición hebrea. Por último, resulta evidente que no pueden aplicarse retroactivamente las categorías historiográficas modernas a las narraciones evangélicas, los Hechos de los apóstoles y las cartas de Pablo, porque éstos no son documentos históricos sino teológicos. Relatan las cosas como pensaban que podrían haber ocurrido no como efectivamente sucedieron.

De esta manera, un suceso inverosímil y científicamente imposible se convirtió en el soporte de una fe milenaria que transformó a un insignificante campesino judío condenado como reo de sedición por el imperio, en un soter universal para la salvación de la humanidad. El cristianismo ha contraído una deuda impagable con el genio fabulador y la inagotable energía de Pablo de Tarso.


Miércoles, 27 de Diciembre 2017