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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS?

Durante los últimos días han aparecido en diversos medios de comunicación varias noticias relacionadas con la práctica de diferentes terapias alternativas que, bajo la genérica denominación de "medicina complementaria", se ofrecen a pacientes que padecen incluso graves enfermedades como sustitutivo de lo que se tilda de "medicina oficial o convencional".

En particular, destacaban las trágicas historias de varios enfermos de cáncer que decidieron abandonar la quimioterapia y los tratamientos que les ofrecía la medicina científica por esotéricas terapias a base de homeopatía y demás alternativas pseudocientíficas. El resultado fue un rápido deterioro de su estado de salud que concluyó con su prematuro fallecimiento.

Al mismo tiempo más de cuatrocientos médicos y científicos han dirigido una carta a la ministra de sanidad cuyo encabezamiento no deja lugar a dudas: "las pseudociencias matan". El prestigioso conjunto de profesionales sanitarios que firman la carta llegar a una conclusión inapelable: las pseudociencias "han llevado a la muerte a miles de personas solo en nuestro país, y lo siguen haciendo. En algunos casos, como en la muerte de Mario Rodríguez se trata de personas que no son médicos pero ejercen con impunidad desde centros que incumplen la legislación de centros sanitarios. En otros casos, como la muerte de Rosa , son médicos colegiados que actúan con el conocimiento de los colegios de médicos, que les permiten seguir engañando a enfermos graves y llevarlos, en el mejor de los casos, a caer en un engaño, o en el peor, a la muerte." Resulta verdaderamente asombroso el insólito poder y la a todas luces, injustificada influencia que el denominado lobby de la medicina alternativa, que agrupa toda clase de curanderos, charlatanes y hechiceros que practican la indecente gama de las pseudociencias desde la homeopatía hasta la quiropraxia, pasando por la reflexología o la radiestesia, ejerce no sólo sobre los ciudadanos víctimas de sus maquinaciones sino también en los centros de poder y decisión.

Hay algo inquietante en el estremecedor relato del médico y científico alemán Ernst Edzard quien desde la cátedra Laing en la Universidad de Exeter, en Inglaterra, se dedicó durante años a investigar empírica y científicamente el poder curativo de las terapias alternativas agrupadas bajo el rótulo de pseudociencias. Como el propio autor admite con toda honestidad en su magnífico libro "Un científico en el país de las maravillas", Edzard no era, ni mucho menos, un enemigo acérrimo de las terapias alternativas, ni siquiera, probablemente, un escéptico. Se educó en un entorno familiar en el que "la medicina alternativa siempre estuvo ahí, a mi alrededor. Y me sentía perfectamente, con ella". Pero Ernst Edzard era también y sobre todo un científico, un investigador acostumbrado a someter a pruebas empíricas y verificables las hipótesis propuestas. Y las terapias alternativas o la medicina complementaria no podían, ni debían ser una excepción.

Durante años realizó múltiples experimentos, aplicando un riguroso método científico mediante ensayos de doble ciego, utilizando protocolos universalmente aceptados para evaluar la presunta eficacia de muchas de las terapias pseudocientíficas: homeopatía, acupuntura, imposición de manos, etcétera. Sus resultados fueron definitivamente concluyentes: ninguna de las terapias examinadas tenían el más mínimo efecto curativo en los pacientes a los que se aplicaba. Como máximo podía predicarse, en algunos casos, un "efecto placebo" completamente estéril desde el punto de vista terapéutico.

Lo que sucedió a continuación sería más propio de la Alemania nazi, que de una sociedad tolerante y democrática como la Inglaterra de finales de los años noventa. El doctor Edzard fue objeto de todo tipo de insultos, vejaciones y humillaciones por parte de la dirección de la Universidad bajo la influencia histérica y fanática de los defensores del negocio encubierto de las pseudociencias, hasta que finalmente su departamento de investigación fue definitivamente clausurado.

Esta historia resulta muy ilustrativa porque evidencia no sólo la penetración mafiosa en las instituciones académicas y científicas de la magia del curanderismo envuelta en una deplorable cháchara pseudocientífica , sino también, y esto es lo que demanda una urgente explicación, la corrosiva proliferación de una visión del mundo precientífica y antiilustrada que creíamos definitivamente periclitada.

¿Cómo es posible que en la era de Internet, en un mundo globalizado de economía digitalizada gobernado por la tecnología y la aplicación científica del conocimiento puedan sobrevivir y expandirse semejantes creencias que no sólo carecen de toda base razonable, sino que contradicen abiertamente el paradigma dominante consolidado en la actual comunidad científica?. ¿Cómo se puede conciliar la homeopatía con el IPhone, la acupuntura con el mundo de Google y Amazon o el biomagnetismo con la física de partículas?.

La respuesta es bien sencilla: no es lógicamente posible. Pero ahí está el truco, en el matiz del adverbio. Michael Shermer, el conocido historiador de la ciencia y fundador de The Skeptics Society sostiene una hipótesis interesante: creemos en cosas raras porque una parte de nuestro cerebro no opera conforme a los patrones de la racionalidad lógica, sino que responde a los estímulos emocionales de nuestra percepción del mundo. El pensamiento científico moderno surgió aproximadamente hace doscientos años con la ilustración europea pero la humanidad tiene doscientos mil años de existencia y desde su más temprano aparecer el homo sapiens ha formulado hipótesis acerca de la realidad.

En algún momento se puso en marcha lo que Shermer denomina "motor de creencias" que puede conducir tanto el pensamiento mágico como al pensamiento científico. El motor de creencias opera como un procesador de alcance general, tan general que está en la base de todo aprendizaje y resultó un mecanismo útil para la supervivencia porque contribuyó decisivamente a reducir la ansiedad en entornos inseguros, mediante explicaciones simbólicas o mágicas que enlazaban los fenómenos causalmente y de este modo aquellos que hacían uso de ese modelo de pensamiento mágico tenían ventajas evolutivas evidentes.

Shermer sostiene que el pensamiento mágico que forma parte del motor de creencias es lo que, tomando prestado un vocablo acuñado por Stephen Gay Gould y los evolucionistas, se denomina Sprandel un subproducto derivado de un mecanismo que evolucionó con el tiempo. De este modo el pensamiento mágico sería un Sprandel, un efecto colateral del pensamiento racional. Según esta tesis "recurrimos al pensamiento mágico porque tenemos que pensar con modelos causales. El pensamiento mágico y las supersticiones existen porque necesitamos el pensamiento crítico y encontrar modelos causales. Son aspectos inseparables. El pensamiento mágico es un derivado necesario del evolucionado mecanismo del pensamiento causal."


La creencia en los ovnis, las abduciones extraterrestres, la percepción extrasensorial o las pseudociencias resultan ser un fenómeno sólo parcialmente asociado al desarrollo de la inteligencia y del pensamiento crítico. Hay personas inteligentes que mantienen creencias erróneas en cosas extrañas. La razón es, como nos han enseñado las neurociencias, que los núcleos emocionales del cerebro donde se forjan las creencias no están inmediatamente conectados con la órbita frontal que gobierna la racionalidad formal y la lógica deductiva . De este modo defendemos creencias y afirmaciones falsas a las que hemos llegado por razones poco inteligentes, porque estamos entrenados para ello. El fanatismo se gesta en la química de las emociones, aunque se consolida y se expande mediante los recursos de la lógica racional.

Parece cierto como afirma Shermer que la inteligencia es ortogonal a las creencias y estadísticamente independiente de ellas. Siendo esto así, la respuesta a la pregunta inicial exige una nueva formulación. Hay un cierto espejismo en el forzado antagonismo que contrapone una visión ilustrada del mundo con la subsistencia del pensamiento mágico, como si este resultara ser un fragmento residual de un tiempo pretérito cuyo destino es la progresiva extinción. Hay algo de eso y parece evidente que la ilustración entendida como la preeminencia de la razón, la ciencia, el progreso y el humanismo en el sentido que reivindica Steven Pinker en su último libro, acota y reduce necesariamente el territorio de la magia y la superstición. Y sin embargo, pese a todos los indiscutibles logros de la ilustración que nos ha proporcionado el mejor de los mundos que jamás ha conocido la humanidad, parece que en el corazón mismo del progreso ilustrado, se aloja, hibernando, la bestia humana que nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie.


Viernes, 28 de Septiembre 2018

PLAZA EN PROPIEDAD

Pertenezco a una generación que creció y se educó en un entorno social y familiar en el que prevalecía un ambivalente y, en alguna medida, esquizofrénico sentimiento respecto de lo público; por una parte se censuraba y denigraba la sempiterna ineficiencia de la administración, que arrastraba el pesado lastre de la lentitud y la burocracia y, por otro lado, se contemplaba con una admiración no exenta de algún tinte de envidia la pertenencia a algunos de los grandes cuerpos que integraban la élite de la función pública y cuyo acceso, mediante las muy selectivas y meritocráticas oposiciones, proporcionaba a los agraciados por la fortuna los privilegios asociados a un estatus distinguido y a la ansiada seguridad de un empleo de por vida.

Para quienes tuvieron la mala fortuna de alcanzar la madurez después de la Guerra civil, en aquel páramo intelectual de una España destruida y desolada, convertirse en notario, juez, o abogado del Estado era poco menos que acceder a las puertas del paraíso. Y así lo transmitieron a sus hijos. "Opositar" era la mejor opción en un país en el que el sector privado todavía ofrecía muy pocas oportunidades. Conciliar la manifiesta contradicción entre el "vuelva usted mañana" y la anhelada pertenencia a esta singular "nobleza estatal" no parecía ser una preocupación que atormentara a nadie.

Pero había mucho de verdad en el irónico adagio inmortalizado por Mariano José de Larra. Y todo el mundo lo sabía. Por eso la reforma de la administración pública ha sido una constante en la agenda política española en los últimos cuarenta o cincuenta años. Siempre hemos vivido con esta asignatura pendiente.

Es por ello por lo que resulta tan refrescante y esclarecedor el magnífico libro de Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom, catedráticos de la Universidad de Göteborg. "Organizando el Leviatán" es, además de un magnífico ensayo que debería figurar en las listas de obligada lectura de nuestros políticos y funcionarios, un extraordinario estudio empírico de primer orden que nos proporciona una respuesta científica, contrastada y verificable al enigma de la tradicional ineficacia de nuestro sector público, al tiempo que nos facilita los principios y la orientación de una reforma definitiva.

Entre los muchos méritos de la obra, me importa resaltar ahora su carácter eminentemente científico, su insobornable respeto a las "réplicas de la realidad" y la amplia y documentada base de datos que los autores logran reunir superando, mediante técnicas depuradas, cualquier sesgo o proyección personal. Las conclusiones a las que arriban no son el fruto desiderativo de sus bien intencionadas inclinaciones, ni tampoco el producto más o menos especulativo de una mente brillante y creativa. Se imponen como la consecuencia necesaria de los hechos analizados; es el rigor metodológico, el método científico que depura y contrasta lo que hace tan apasionante esta propuesta.

Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom identifican tres variables sobre las que existe un amplio consenso que caracterizan el ideal de un buen gobierno: una administración eficiente, la ausencia de corrupción y la disposición a aceptar las reformas modernizadoras. A la luz de estos objetivos analizan el funcionamiento de las administraciones públicas en más de cien países.

De este análisis conjunto, elaborado mediante exhaustivos indicadores de indiscutible solvencia, surgen dos grandes modelos de gestión administrativa:
-uno primero denominado "modelo Weberiano cerrado" que pone más énfasis en la ley que en la gestión y al que pertenecen los países procedentes de la órbita del código napoleónico: España, Francia , Italia y Grecia entre otros.
-Un modelo anglosajón mucho más abierto que se identifica y se aproxima a los métodos del sector privado y en el que la gestión prevalece sobre la ley y los incentivos sobre las reglas. Los Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda y los países escandinavos son sus más relevantes exponentes.

Pues bien, en cada una de las variables consideradas el modelo anglosajón de gestión pública obtiene resultados cuantitativamente muy superiores. Tanto si se mide la eficacia de las estructuras burocráticas, como el grado de corrupción o la flexibilidad y adaptabilidad a las reformas modernizadoras, aquellos países, España entre ellos, que responden al esquema de la "administración weberiana cerrada" resultan considerablemente rezagados con respecto a sus homónimos que siguen el modelo alternativo.

¿Dónde reside la gran diferencia que genera esa brecha insalvable entre las burocracias continentales y anglosajonas?.

Los autores escrutan la respuesta con meticulosidad microscópica y alcanzan una conclusión demoledora y difícilmente rebatible: es la rígida e impermeable separación entre las carreras de los políticos y los funcionarios la que marca la diferencia. En efecto, mientras en los países que siguen la tradición del código napoleónico, las carreras de los políticos y los funcionarios están íntimamente conectadas, entreveradas mediante un haz de intereses y recompensas que se retroalimentan, en los sistemas anglosajones los funcionarios y los políticos siguen trayectorias completamente paralelas, sin zonas comunes de intersección de intereses y con incentivos claramente diferenciados.

La clave está en el sistema de rendición de cuentas y el diseño de incentivos profesionales diferenciados: los burócratas rinden cuentas ante sus pares y los políticos frente a sus votantes. Sus expectativas y carreras son distintas y los incentivos contrapuestos. Ello favorece un sistema de equilibrio sin alineación de intereses: ambos grupos tienen interés en vigilarse mutuamente para favorecer el cumplimiento de las reglas. La carrera del funcionario no está sometida a la voluntad de los políticos, ni los burócratas reciben incentivo alguno para alinearse con los políticos en sortear el orden legal.

La absoluta independencia de los funcionarios es la garantía del buen funcionamiento del sistema. Paradójicamente ese grado de independencia no se alcanza en los sistemas weberianos cerrados. España es un caso paradigmático, bien analizado por Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom. Pese a la multitud de normas y regulaciones que aparentemente garantizan la neutralidad de la función pública y pese a la existencia de una legislación especial que regula una carrera independiente y separada para los funcionarios, lo cierto es que el sistema evidencia una porosidad y una permeabilidad que favorece una perniciosa coalición de intereses.

Las carreras de los burócratas y los políticos resultan finalmente integradas porque la frontera entre la administración y la política se erosiona por dos razones fundamentales:
-los ministros de cada gobierno disfrutan de un amplísimo margen de maniobra para designar cargos de manera discrecional hasta en cuatro grados por debajo de su puesto.
-Asimismo los funcionarios de profesión ocupan innumerables puestos políticos: más del setenta por ciento de los nombramientos políticos para los más altos puestos son copados por funcionarios. Basta recordar que en el último gobierno del Partido Popular once de sus catorce ministros incluyendo el presidente del gobierno eran funcionarios de alto nivel.

Las carreras de los funcionarios y políticos resultan finalmente integradas hasta el punto de que "una carrera en la administración es un paso necesario para cualquier carrera política". Se alcanza así el límite de lo que en Francia e Italia se denomina "titularización": la transferencia masiva de funcionarios públicos que acceden al sistema mediante contratos paralelos, burlando los sistemas reglados. A todo ello se añade el enorme grado de autonomía de los cuerpos burocráticos de la administración pública en España, hasta el punto de que "sectores enteros de la administración pública se convirtieron prácticamente en sus propiedades privadas" caracterizados por la captura extractiva de rentas que reflejaba esa inefable expresión: "una plaza en propiedad".

El resultado de todo ello no es sólo la degradación de la función pública aquejada de las secuelas de ineficacia y corrupción. Representa también una pesada carga que lastra y ralentiza el desarrollo económico de la nación, deteriorando el bienestar y la calidad de vida de todos sus ciudadanos. Ahora parece que ya sabemos lo que tenemos que hacer. ¿Seremos capaces de ello?.


Lunes, 24 de Septiembre 2018