Menu
Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




Un terrain vague en la regulación (de lo digital)
Regular el mundo digital es complicado y se ha convertido en un continuo “tira y afloja” entre Administración, empresas de internet y ciudadanos. Como señaló el European Data Protection Supervisor (EDPS) hace menos de un mes “Regulators are often under great pressure to meet public expectations […][[1]] ”. ¿Cómo asegurar lo que pasa en ese mundo sin límites que es internet? Si pensamos que venimos de un sistema hijo de la revolución industrial  que se configuraba desde la oferta (¿qué puedo ofrecerte “yo” empresa a “ti” cliente?) y en el que necesitábamos de garantías; la aparición de un ordenamiento construido desde la demanda (¿qué necesitas? ¿cómo puedo conectarte con quien puede ofrecértelo?) y que responde más a la confianza, hace saltar por los aires todos los esquemas. Esa idea de que “para evitar la ruina en un mundo súper poblado, la gente tiene que responder ante una fuerza coercitiva externa a su psique individual, ante un “Leviatán”, por utilizar el término de Hobbes”[[2]] encuentra una falla de la que no puede escapar. El mercado y cada vez más sectores, se han vuelto distribuidos y furiosamente tecnológicos y digitales.
 
Nos hemos acostumbrado a pensar que necesitamos regular al máximo el sistema para asegurar su supervivencia y las transacciones dentro de él. La posición del que regula es superior y distante a lo regulado, es un masterplanner en el mismo sentido de quien realiza el plan de urbanismo de la ciudad. Una visión que muchas veces no tiene en cuenta la realidad de lo “urbanizado”. Lo digital irrumpe como “un elefante en una cacharrería” y obliga al masterplanner a actuar porque aparece la necesidad (sobre todo en términos de intereses económicos y a nivel político) y la oportunidad. Pero a la vez comienza a renacer una idea “aparcada” durante las últimas décadas (hasta la “explosión” de Rifkin[[3]]) como es la del procomún: el derecho a ser incluido, a tener acceso, a participar “en común”. Y esta idea resulta especialmente sugerente en un mundo digital en el que los retos para el regulador son brutales: IoT, Big Data, plataformas, páginas de enlace, movimientos internacionales de datos, economía colaborativa...Y lo es por dos motivos: por la idea de que quien mejor sabe gobernar la vida de una comunidad es la propia comunidad y por la existencia de protocolos de autorregulación.
 
La regulación y el urbanismo comparten potentes semejanzas como fenómenos “ordenadores” que son, incluso cuando no se desarrollan. El terrain vague, el espacio urbano vacío, libre y disponible fruto, por ejemplo, de las bombas que cayeron en ciudades como Londres en la II Guerra Mundial, pero también de cualquier otro fenómeno de abandono de espacios públicos, se asemeja a lo digital, es un disfuncionalidad del sistema, una anomalía en el orden establecido. Es algo que debía estar regulado o urbanizado, que quizá incluso lo estuvo, pero que no lo está. El poder evocador del concepto hay que entenderlo por la percepción del espacio vacío también como expectativa, como oportunidad, como “espacio de lo posible”. Y quizá, al igual que comienzan a reclamarse esos espacios “de lo posible” en nuestras ciudades, pueda empezar a crearse ese espacio en lo digital, desde el punto de vista de la autorregulación. Un espacio en el que los propios players regulen aspectos de su comportamiento no por dejadez, sino porque sea la opción más eficiente, ágil  y óptima para el sistema. Estoy pensando en una SRO (self regulatory organization) al estilo de la NYSE[[4]] que al amparo de la Securities Exchange Act 1934 regule, mientras la Administración (en este caso, la SEC[[5]]) valide y supervise; que realice el enforcement directo sobre sus miembros apoyándose en la otra sólo cuando no llegue; que represente a un grupo de interés mientras la Administración la controla a ella.
 
Regular es prohibir. Siempre que regulamos decidimos que es preferible conseguir una cierta cantidad de un objetivo social, económico o político a cambio de sacrificar algo (por ejemplo, la libertad de empresa del art. 38 CE). Si pensamos coasianamente[[6] aquellos que pueden manejar a un menor coste los riesgos de lo digital son precisamente las empresas y usuarios de lo digital. Este enorme sector se comporta como un ser vivo, siendo tan grande el reto, tiende por sí mismo a la concentración final en grandísimos players que pueden, de facto, controlar el cumplimiento. Una autorregulación que parta de 3 características básicas: percepción de legitimidad, mecanismos de enforcement creíbles y énfasis en la reputación (transparente y digital) como valor diferencial.
 
Hacer lo mismo de siempre y esperar resultados diferentes es estúpido, ¿por qué no probar a que el terrain vague de lo digital se desarrolle? ¿Realmente no podemos permitírnoslo? Al fin y al cabo, ¿quién podía hace unos años imaginarse a 11 Ministros escribiendo al Vicepresidente del Parlamento Europeo para no sobre-regular las plataformas digitales?[[7]]
 
[[1]] Opinion 8/2016 EDPS. Opinion on coherent enforcement of fundamental rights in the age of big data. Septiembre de 2016. Accesible en este enlace: https://secure.edps.europa.eu/EDPSWEB/webdav/site/mySite/shared/Documents/EDPS/Events/16-09-23_BigData_opinion_EN.pdf
[[2]] HARDIN, G., “Political Requirements for Preserving Our Common Heritage”, en P. Brokaw (comp.), Wildlife and America, Howard, Washington DC, Council on Environmental Quality, 1978, págs. 310- 317
[[3]] RIFKIN, Jeremy. La sociedad de coste marginal cero: el internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo. Grupo Planeta (GBS), 2014.

Un terrain vague en la regulación (de lo digital)
Este artículo está escrito por Ricardo Fernández Flores.
ricardo.fernandez@destinia.com
Ricardo es en la actualidad Director de Estrategia y Regulación en DESTINIA, Profesor de Máster y Doctorando en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas en la Universidad Autónoma de Madrid.  Dirigió un Despacho especialista de 2013  a 2015 y fundó un Think Tank para desarrollar proyectos de implementación de modelos on-demand, P2P y B2P en sectores tradicionales como el del alojamiento y la energía. Es uno de los impulsores de Energytech Spain.
 



Martes, 25 de Octubre 2016

Como cabía esperar, de las noticias de este verano relativas a Uber, Tesla y Amazon se desprende claramente que estamos entrando ya en una nueva revolución del software.


La Bibliotea di babele (out), by Emiliano, Flickr, https://www.flickr.com/photos/loungerie/1471835306/in/photostream/
La Bibliotea di babele (out), by Emiliano, Flickr, https://www.flickr.com/photos/loungerie/1471835306/in/photostream/
Primero fue la universalización de internet y el despliegue de las conexiones de banda ancha fija y móvil y de los dispositivos móviles y apps. Luego la revolución de los datos y la digitalización de la vida (se acabaron las enciclopedias, los CDs y DVDs, las fotografías analógicas) y la llegada de las redes sociales amparada por al bidireccionalidad de la información. Hace ya tiempo que todos producimos información y la publicamos para que otros la consuman, compartan, perfeccionen, glosen… Y todo ello pasa a engrosar esa biblioteca de babel que imaginó Borges -una biblioteca que parece infinita a la vista de un ser humano común-, y ese universo del que se hizo eco en su cuento: un universo que no es sino una biblioteca de todos los libros posibles, ordenados arbitrariamente, sin orden, y que uno casi diría que preexisten al hombre. Es curioso porque en su cuento Borges describía esa biblioteca como un número indefinido de galerías hexagonales  e idénticas, con grandes ventilaciones en el medio, cercadas por pequeñas barandas. ¿No es eso lo que nos viene a la mente al ver una fotografía de un data center? La cuestión es que todos los datos e información que generamos se transmiten de inmediato a una red interconectada e incorporan a tratamientos detallados que multiplican su comprensión supraindividual. Eric Schmidt, CEO de Google hasta 2011 dijo: “We know where you are. We know where you’ve been. We can more or less know what you’re thinking about”. No le faltaba razón. 

De esas revoluciones nace y se sigue alimentando una nueva -pero no última- revolución: la economía colaborativa. Gigantes como Uber, Blablacar, Airbnb pero también muchos otros recogieron el testigo y sumando Internet, Datos y Redes Sociales le dieron y están dando la vuelta al tejido empresarial tradicional y cambiando la forma de ofertar y consumir bienes. La biblioteca de Babel Borgiana sumada a la interconexión de todos los que la componemos y engrosamos hizo resentirse la tradicional dinámica unidireccional empresa-consumidor y empresa/trabajador. Eso es quizás lo que el científico Nikola Tesla pensaba hace más de un siglo cuando quería usar la ionosfera de la Tierra  para lanzar datos y energía gratis a todas partes y conectar todo el mundo (dicen que predijo Internet). Lo importante es que hoy en día todos podemos compartir o sacar rendimiento de recursos infrautilizados y con ellos convertirnos en "empresarios" y competir, por puro efecto multiplicador, con el tejido empresarial tradicional. Salvando excepciones y matices, en ese ámbito todos somos, en cierta medida, nuestros contratantes. Digo salvando excepciones y matices y "en cierta medida" porque sabidos son los problemas legales que han tenido las plataformas colaborativas, mayoritariamente (pero no solo) en Europa por el cuestionamiento de su estatus de meros intermediarios. Pero la cuestión es que el tejido industrial y de servicios se sacudía. Daimler Chrysler, que fue la tercera empresa automovilística más grande del mundo, después de Toyota y de General Motors creaba su filial Daimler AG para usar coches compartidos. Sí, un modelo que aparentemente compite con su propia esencia (la fabricación de coches para su venta) pero que en el fondo es pura adaptación a las revoluciones que vivimos (según Tesla Motors los vehículos solo están en la carretera entre un 5-10% del tiempo total, por lo que es cuestión de tiempo deshacerse de recursos infrautilizados). Ford, empresa que democratizó el vehículo en la clase media americana, no tardó en seguirlo y también lanzó el car-sharing. Algo similar ha hecho Enrique Sarasola en el ámbito hostelero ante la amenaza del alojamiento 2.0 (Airbnb, Homeaway…): crear Be Mate. En las finanzas más de lo mismo: la banca reacciona para evitar que nuevas startups los reemplacen en medios de pago o préstamos peer-to-peer y creen un sistema paralelo a la banca convencional. Todas las empresas empiezan a reordenarse en función de la realidad colaborativa e incluso las instituciones  formativas, que tan tarde llegan siempre, adaptan ya sus programas a la reciente realidad: la Universidad Complutense de Madrid acaba de lanzar  un postgrado sobre la materia (http://www.cseg-ucm.es/courses/master-propio-en-gestion-y-promocion-de-empresas-de-economia-social-y-solidaria/) que presenta literalmente como "una alternativa potente ante el derrumbe del modelo socioeconómico dominante". Es necesario reinventarse y aprender de los propios procesos que debido a Internet y las revoluciones comentadas, cada vez cambian más rápido. 

Pero a lo que íbamos: este verano sus días nos han dejado sabrosas noticias que anuncian algo que veníamos anticipando: llega ya una nueva revolución. En los tiempos de Tesla Motors hemos conocido que Uber ha firmado un acuerdo con Volvo para desarrollar vehículos autónomos (ya tenía una alianza desde 2014 con la Universidad Carnegie Mellon para potenciar esta tecnología) y que en septiembre lanza  un piloto por las calles de Pittsburgh, Pensilvania. Días antes Ford ha anunciado también que seguirá los  pasos de los vehículos autónomos, igual que también lo hacen, por supuesto Tesla, Google y Apple. Nada nuevo en realidad. Salvo que lo que se preveía va tomando cuerpo. Amazon, que en 2014 ya registró una patente para regular  el envío de pedidos antes de que el cliente los compre (de nuevo los datos) y que quiere generalizar el envío por drones acaba de finalizar su concurso de búsqueda de brazos robóticos para  coger productos de estanterías, procesarlos y ponerlos listos para los envíos de forma autónoma (Amazon Picking Challenge 2016). El concurso lo ha ganado, como no, un equipo de ingenieros. Así que, como llevamos diciendo algunos ya  mucho tiempo, la robótica, que ya venía haciendo avanzadillas en la realidad, prepara su desembarco masivo en nuestras calles y procesos. Y la robótica es software. Por eso digo que, tras la generalización de internet y la banda ancha en dispositivos móviles, el Big Data, las redes sociales y la economía colaborativa, llega la nueva revolución del software. Y lo hace de la mano de los protagonistas de las anteriores olas de innovación.  Lo que queda de este 2016 y en 2017 empezaremos a ver todo lo que ello puede dar de sí en nuestra biblioteca de Babel Borgiana. Y a intuir hacia qué siguiente ola o revolución nos encamina. Y de la mano de quién.

UBER, TESLA Y AMAZON: UNA NUEVA REVOLUCIÓN PARA LA BIBLIOTECA DE BABEL BORGIANA
Alexander Benalal es abogado del grupo de Derecho Comercial, Contencioso y de Tech&Comms de Bird & Bird. Tiene una amplia experiencia en todo tipo de contratos y transacciones comerciales (estando especializado en  TI  y los sectores en los que la tecnología y la regulación compleja juegan un papel importante), Media (redes sociales, plataformas online, móviles, videojuegos, explotación de contenido generado por los usuarios, privacidad…) y Propiedad Intelectual, además de todo tipo de situaciones contenciosas y pre-contenciosas.  Ha impartido clases sobre diversas materias jurídicas relacionadas con la tecnología, la propiedad intelectual, la protección de datos y el derecho internacional privado, tanto en universidades españolas como en escuelas de negocio y en la Cámara de Comercio.  Anteriormente había formado parte de los departamentos de Nuevas Tecnologías y Mercantil de Linklaters. Asimismo, trabajó en Bruselas en el despacho Berlioz Cabinet d' Avocats y como miembro del equipo del ex consejero del primer ministro de Bélgica. 
alexander.benalal@twobirds.com
 



Jueves, 1 de Septiembre 2016

Storms are natural. They happen from time to time, they are unpleasant and frightening, but in the end one survives and the sun reappears.
("The Most Dangerous Enemy: A History of the Battle of Britain", written by Stephen Bungay)


La Tempesta, Giorgione, cerca 1508, Galería de la Academia, Venecia, Italia
La Tempesta, Giorgione, cerca 1508, Galería de la Academia, Venecia, Italia
El pasado 23 de junio se produjo, sin que casi hubiéramos tenido tiempo de ver relámpagos ni escuchar truenos, el comienzo de la mayor tormenta de verano de los últimos tiempos: los partidarios del "Brexit" ganaban el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Dejo a las páginas monográficas sobre el Brexit el análisis de sus posibles consecuencias y me remito, entre las excelentes fuentes que están apareciendo, a la que ha creado nuestro despacho al respecto (Bird&Bird & Brexit).

No pretendo sumar más palabras a la "verborrea Brexit" pero sí compartir con los seguidores del blog las dos reflexiones que para mí ha supuesto lo que considero una "tormenta de verano" y no un "tsunami" como algunos lo consideran.

En primer lugar, mi gran sorpresa no se encuentra tanto en el resultado sino en el hecho de que los padres del "consensus binding approach" se hayan entregado a la perversa tiranía de las mayorías que implican este tipo de referéndum. A todos los que trabajamos desde hace años con ingleses nos fascina su peculiar manera de conducir reuniones y llegar a soluciones por unanimidad, en las que no hay vencedores y vencidos y en las que todos ceden y son partícipes de la decisión, es verdad que a veces se trata de un consenso muy "teledirigido" y "precocinado" pero consenso a fin de cuentas. El ya clásico libro de Lawrence Susskind Breaking Robert's Rules traducido en castellano como "Mejor que la mayoría" lo describe muy bien.

En segundo lugar y entrando en la esencia del blog, mi gran inquietud no es cómo le afectará a la economía digital del Reino Unido la salida de Europa sino cómo afectará a la economía digital europea que el gran defensor de la libertad económica, la innovación y el pragmatismo deje total o parcialmente de tener voz y voto en Europa Continental.

Por supuesto, son comprensibles las preocupaciones británicas sobre el impacto que el Brexit puede tener en importantes iniciativas legislativas que el país estaba discutiendo como el proyecto de ley conocido como "Digital Economy Bill" en el que se establece el derecho a banda ancha de 10 Mbps entre las obligaciones de servicio universal de telecomunicaciones; el acceso a los fondos europeos que están financiando grandes proyectos de infraestructura como el despliegue de los "Smart meters"; el marco de protección de datos de carácter personal en el que quedará el Reino Unido considerando que el nuevo Reglamento Europeo de Protección de Datos ya ha sido aprobado y será de aplicación a partir de mayo de 2018; el estado en que quedarán materias objeto de las importantes Directivas que se vienen discutiendo desde hace más de cuatro años y que han sido recientemente aprobadas y ahora pendientes de incorporación en el derecho de los Estados Miembros –como la Directiva 2016/1148 sobre seguridad de redes  sistemas de información conocida como Directiva "NIS" o de "Cyberseguridad" o la futura Directiva de secretos comerciales ("Trade Secrets Directive"); y todo un largo etcétera.

Pero, personalmente, somos los europeos continentales quienes debemos estar más preocupados por la inquietante senda que puede tomar la futura regulación europea y el desarrollo de nuestra economía digital sin el Reino Unido que ha sido el claro contrapeso a la tendencia a la sobre-regulación o a los frenos a la libre circulación de datos personales con Estados Unidos que se han incitado desde el Continente –y algunos tribunales.

Resulta bochornoso leer estos días algunas opiniones interesadas que empiezan a postular ya a ciudades del Continente como posibles sustitutas de Londres como principal foco de creación de start-ups en Europa como Berlín o París. Quienes hacen estas afirmaciones no entienden que por encima de esta Unión Europea (digo "esta Unión Europea" y no Europa) está la libertad económica que es la clave para la creación de las condiciones que permiten que se desarrolle el círculo virtuoso del espíritu empresarial, la innovación y el desarrollo y crecimiento económico sostenido.

El Reino Unido ha sabido siempre entender que las diez libertades que miden la libertad económica, esto es la libertad de negocios, de comercio internacional, fiscal, monetaria, de inversión, financiera, laboral, la libertad frente a la corrupción desde el respeto absoluto a los derechos de propiedad y, por supuesto, con un sector estatal de un tamaño racional, son la clave de ese espíritu virtuoso y por eso estoy convencido que el Brexit, al menos para el Reino Unido, será nada más –y nada menos- que una virulenta tormenta de verano.

Dice el proverbio asiático que "Cuando empieza a soplar el viento, algunos corren a esconderse mientras otros construyen molinos de viento" a lo que añadiría que cuando empieza a llover los ingleses siempre sacan, no se sabe de dónde, su paraguas y tienen el arte de saber sobreponerse a las inclemencias del tiempo pero, también, si hace falta, mojarse como demostraron en el "Storm of War" de hace 76 veranos.

Verano de tormentas. ¿Tormentas de verano?
© Javier Fernández-Samaniego, 2016



 



Jueves, 21 de Julio 2016

"La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo" (Paulo Freire)


"REPENSANDO" LA CARRERA DE DERECHO PARA LOS FUTUROS ABOGADOS DE LA ALDEA GLOBAL
Se acaba de clausurar la conferencia mundial de la asociación de abogados de Derecho de las Tecnologías (iTechLaw) en Miami en la que centenares de abogados de todo el mundo han debatido durante varios días sobre los retos legales que las disrupciones tecnológicas están planteando y donde más allá de los ya conocidos debates derivados de los regímenes de responsabilidad a aplicar a los vehículos autónomos o los robots dotados de inteligencia artificial los cambios en las relaciones laborales ante la imparable "uberización" del factor trabajo o las nuevas formas de delincuencia y los retos que plantea su persecución y prevención, se han examinado casos reales que evidencian que el que todo el planeta utilice los mismos productos y servicios hace que las respuestas "locales" casen mal con la realidad del mundo globalizado:

El bloqueo por un juez brasileño de Whatsapp durante 48 horas en Brasil que "castigó" – en palabras de la empresa- a más de 100 millones de brasileños que dependen del servicio para comunicarse personal y profesionalmente para forzar a entregar informaciones que Whatsapp afirmó repetidamente que no tenía o, por poner otro ejemplo, el pulso entre el FBI y Apple por el bloqueo del iphone del terrorista de San Bernardino han sido debates "globales" porque la mayoría del planeta usa ya Whatsapp o un iphone y se siente concernido por las respuestas judiciales "locales" a estos casos.

¿Están los jueces y abogados preparados para estas nuevas realidades? Si bien los responsables de la formación profesional o ejecutiva, las asociaciones de profesionales como iTechLaw y de los programas  de post grado están entiendo y dando respuesta a este nuevo escenario sin embargo, y con honrosas excepciones,  las Facultades de Derecho continúan de espaldas a este cambio disruptivo  tanto en sus programas, metodologías y claustros de profesores. Por eso es muy loable la iniciativa que ha arrancado la Facultad de Derecho de la Universidad Francisco Marroquín (UFM) de Guatemala para "repensar" la carrera de Derecho mediante una "desconferencia" que ha tenido lugar en abril en Antigua Guatemala como primer paso de ese objetivo.

Algo así sólo podía pasar en "la Marroquín" que durante mucho tiempo yo pensé que era una especie de "ensoñación libertaria", una de esas "quebradas de Galt" que se han querido hacer realidad a lo largo de la historia pero que han resultado efímeras utopías pero que afortunadamente es una institución real que, desde su fundación por Manuel Ayau hace ya 45 años, ha sido fiel a su misión de enseñar  y difundir los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables.

A diferencia de una conferencia en la que una persona habla a una audiencia, una "desconferencia" es un ejercicio de innovación abierta en la que todos los asistentes intercambian ideas. Qué mejor manera que ese innovador formato para el ambicioso objetivo de reconsiderar, deconstruir, actualizar y rearmar los distintos elementos de la formación de los abogados y futuros profesionales jurídicos, es decir:
  • qué se enseña en la carrera (programa);
  • cómo se enseña (metodologías);
  • quién debería de enseñar cada materia (claustro);
  • qué posgrados en Derecho generan un valor agregado en el ejercicio profesional;
  • qué otras experiencias dentro de la carrera enriquecen la formación del estudiante.
La "desconferencia" se divide en "estaciones de trabajo" a cargo de un "facilitador" y en ellas se proponen temas y los participantes se dividen, conforme al "orden espontáneo" por las estaciones que más les atraen y permanecen en ellas aportando ideas el tiempo que estiman conveniente hasta que deciden cambiar a otra estación.

Permitidme, verbi gratia, llevaros a la estación en la que se discutía el “pénsum” o programa de la carrera de Derecho. Una de las discusiones se centró en si tiene sentido seguir incluyendo el Derecho Romano. Las ideas que fluyen van desde los que dicen que no tiene ningún sentido, hasta los que consideran que es absolutamente fundamental. Hay quien piensa que el problema es la forma en que se enseña y aboga por ser capaces de hacer "practicums" en Romano. Sin Romano no podríamos entender la importancia del respeto a la propiedad privada o el laizzez faire se argumenta también. Cuando yo estudié Romano tenía 18 años y realmente no entendí su importancia, tampoco lo tuve presente – como hubiera sido lógico- al estudiar Derecho Civil. Fue muchos años después cuando en mi primera experiencia forense – un “juicio de cognición” de aquéllos de la antigua Ley de Enjuiciamiento- el juez fundamentó su fallo en los tres principios de Ulpiano (Honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere) y rescaté el manual del Profesor Juan Iglesias y me reconcilié con el Romano. Así van fluyendo las ideas en la "desconferencia".

Tanto en la reunión de los abogados de iTechLaw como en la desconferencia de la Marroquín la disrupción que está ocasionando la tecnología es el centro de todas las discusiones y debates y  lo que está claro es que, aunque son tiempos para “repensar” tampoco debe olvidarse que, como decía Borges, " La Universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno. Si insiste en lo propio y lo contemporáneo, la Universidad es inútil, porque está ampliando una función que ya cumple la prensa".
 

"REPENSANDO" LA CARRERA DE DERECHO PARA LOS FUTUROS ABOGADOS DE LA ALDEA GLOBAL
Yo sólo espero que vía videoconferencia, mediante un videojuego e incluso con un profesor robot con inteligencia artificial que en la Facultad de Derecho no se olvide presentar  a nuestros futuros abogados a Ulpiano por favor.

© Javier Fernández-Samaniego, 2016
fdezsamaniego@gmail.com


 



Miércoles, 25 de Mayo 2016
"El Futuro de las Profesiones"
Como dijo John Ruskin en su célebre conferencia "De los tesoros de los Reyes" hace más de un siglo, hay libros buenos para el momento y libros buenos para siempre; libros malos para el momento y malos para siempre. El último libro de Richard Susskind y su hijo Daniel Susskind El futuro de las profesiones: cómo la tecnología transformará el trabajo de los expertos humanos es desde mi modesto punto de vista, un buen libro para el momento.

Ruskin consideraba que estos buenos libros del momento eran, simplemente, la conversación útil o agradable con una persona con la cual no podríamos hablar de otro modo, útiles porque nos dicen lo que necesitamos saber y a menudo agradables como puede serlo la conversación del amigo inteligente que se tiene al lado. Si bien Ruskin consideraba que no debíamos permitir que esos libros del momento usurpasen el lugar de los libros verdaderos ya que, hablando en puridad, no son realmente libros sino cartas o diarios bien impresos, me atrevo a recomendar su lectura a todos los "profesionales" que siguen el blog ya que este libro, desde luego, va más allá de una mera descripción de los cambios que la tecnología está implicando en las distintas profesiones y plantea un estimulante y provocador cuestionamiento de su actual status quo que, como mínimo, generará si bien no una inmediata aceptación sí tal vez un cierto escepticismo y rechazo que serán interesantes bases para la reflexión futura.

El libro, se divide en siete capítulos agrupados en tres partes (Cambio, Teoría -de ese Cambio- e Implicaciones). Los Susskind comienzan su libro con una introducción de los orígenes históricos de lo que llamamos "profesiones colegiadas" y del gran acuerdo social por el que se les otorgó un estatuto privilegiado y pseudo-monopolio a los profesionales ante el servicio que prestan a la sociedad y el conocimiento y experiencia que está en manos de sus miembros que hace que todo el mundo acepte que un "don nadie" no pueda llevar a cabo una operación quirúrgica o que ese "don nadie" pueda defenderle ante un tribunal, –acuerdo social que en España hace que la propia Constitución establezca reserva de Ley para el ejercicio de las profesiones tituladas en su artículo 36- .

Tras esos antecedentes, los Susskind dedican el segundo capítulo del libro a ofrecernos una muestra de los cambios que en estos primeros lustros del S.XXI la tecnología está generando en distintos ámbitos profesionales en el sector de la educación, la salud, derecho, periodismo, arquitectura, consultoría estratégica, auditoría e, incluso, en los servicios pastorales de distintos credos religiosos. Por ejemplo, en el ámbito de la salud, se repasan las últimas tendencias en mobile health (mHealth), en telemedicina, en las nuevas aplicaciones móviles para pacientes (como PatientsLikeMe) y doctores (como "Epocrates") o los últimos avances en robótica e inteligencia artificial en el ámbito médico y, así, en cada sector objeto de análisis.

Así, sector profesional por sector profesional, los Susskind nos empiezan a abrir los ojos a los cambios que ya hoy la tecnología está teniendo para llegar, en el tercer capítulo, a una sistematización de las tendencias que se están produciendo que resumen en ocho puntos: el final de una era; transformación tecnológica; aparición de nuevas competencias y capacidades; reconfiguración del trabajo profesional; nuevos modelos productivos y de trabajo; ampliación de la oferta para los usuarios; amenazas para las firmas profesionales y, por último, desmitificación de las profesiones.

Tras esta primera parte, sumamente descriptiva, en la segunda parte del libro los Susskind teorizan sobre las causas de estos cambios y se aventuran a realizar predicciones de cómo el "conocimiento" que atesoran los profesionales entendido como "experiencia práctica profesional" cambiará en la forma de ser creado y distribuido mediante distintos modelos que irán desde el tradicional modelo presencial retribuido conforme al tiempo dedicado por el profesional en prestar su servicio (modelo dominante hoy día) a otros como las comunidades de expertos (BetterDoctor en medicina o Axiom Law en derecho); modelos de para-profesionales (enfermeras llevando a cabo tareas que hasta ahora prestaban los médicos con la asistencia de Watson de IBM por ejemplo); modelos de ingeniería de conocimiento (por ejemplo, herramientas de autodiagnóstico médico o preparación automática de declaraciones de impuestos); comunidades de experiencia (tales como PatientsLikeMe en medicina, Edmodo en educación, BeliefNet en ámbito religioso, WikiHouse en arquitectura, Global Voices en periodismo, etc.) hasta llegar, en el otro extremo, a modelos donde las máquinas serán los principales prestadores del servicio profesional.

En la última parte del libro los Susskind comparten con los lectores las objeciones que, desde el ámbito profesional, se plantean al cambio tales como el fin de la confianza y ética profesional, de las destrezas y habilidades personalizadas, de la interacción personal, empatía, el trabajo bien hecho, etc. frente a las que los Susskind arguyen que (i) no debe confundirse el medio con el fin ya que el rol fundamental del profesional debe ser facilitar conocimiento y experiencia a quien no lo tiene –no se acude al médico o al abogado para tener interacción personal para lo que existen mejores ocasiones sino para que estos den soluciones al problema que se les plantea-,(ii) que el cambio que anticipan permitirá que más personas puedan tener acceso a esos servicios y (iii) que por el hecho de que las máquinas no sean cien por cien perfectas no debe desdeñárselas ya que tampoco los expertos humanos tienen esa perfección.

Puestas todas la cartas encima de la mesa, el último capítulo del libro titulado "Después de las profesiones" nos invita a imaginar ese mundo en el que no habrá que ir a visitar al doctor en su consulta, al abogado en su despacho o al maestro en el aula en el que se nos plantea el rol que jugarán las máquinas en ese momento y qué servicios profesionales serán todavía necesarios entonces con todas las amenazas –desempleo por la automatización de trabajos- y oportunidades que este nuevo escenario anticipa.

Una buena lectura para el momento.

© Javier Fernández-Samaniego, 2016
 



Miércoles, 30 de Marzo 2016
1 2 3 4 5
Javier Fernández-Samaniego
Javier Fernández-Samaniego
Ardiel Martinez
Socio Director de Samaniego Law. Abogado y especialista en asesoramiento contractual y contencioso de proveedores y clientes de Tecnologías de la Información. Fue uno de los abogados pioneros en España en el asesoramiento en materia de protección de datos de carácter personal. Asesora a empresas nacionales y multinacionales en contratos de outsourcing, nuevos modelos de negocio vertebrados en tecnologías disruptivas y en la prevención y resolución de conflictos que involucran cuestiones tecnológicas complejas. Cuenta con estrechos vínculos en Estados Unidos y Latino América. Es árbitro de la sección especializada en TIC de la Corte de la Cámara de Comercio de Madrid y asociado del Club Español de Arbitraje. Es mediador acreditado por CEDR de Londres y forma parte del Panel de Distinguidos “Neutrales” de CPR en Nueva York. Abrió la oficina de Madrid de Bird & Bird en 2005 y anteriormente colaboró profesionalmente con los despachos Linklaters y Cuatrecasas. Comenzó su carrera como abogado en el ente público CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial). Miembro del Consejo Académico de FIDE. Senior Fellow del Steven J Green School of International and Public Affairs (FIU - Florida International University).